MI ESCRITORIO, MIS CUENTOS

El rincón de mis cuentos, leyendas y poesía

jueves, 22 de noviembre de 2018

EL ANTICUARIO


EL ANTICUARIO


Fernando, un hombre de mediana edad, estudioso de la historia y próspero comerciante en antigüedades, tenía su tienda en el barrio viejo de la ciudad. Calles coloniales llenas de historia y encanto; sitios que habían sido testigos de hechos históricos desde los años de su fundación. La tienda de Fernando gozaba de fama bien ganada y era visitada por coleccionistas nacionales y extranjeros, siempre convencidos de que lo que adquirían, realmente era un objeto de colección, lo mismo un jarrón de porcelana, que una pintura del siglo XVII.

Era Fernando un egresado de la Facultad de Antropología de la UNAM y había sido habitante constante del barrio desde sus tiempos de preparatoriano. Vestía siempre como si estuviera a punto de entrar a una excavación: Pantalón y chamarra de mezclilla y camisa de franela. Fue un buen estudiante, pero sin ser una lumbrera; pero siempre fue obsesivo en escudriñar todos los secretos que pudiese guardar una pintura, escultura o arte lapidario; creía con firmeza que cada pieza llevaba algo de su creador.

Con ese entusiasmo y un poco de capital heredado, rentó una vieja casona y puso en ella su tienda de antigüedades. El viejo barrio; el llamado Primer cuadro, teniendo cercana la Catedral Metropolitana y el recién descubierto templo mayor de los antiguos pobladores del Anahuac. El llamado Zócalo, por recuerdo de algo que casi nadie recuerda: en ese sitio se colocó el zócalo para levantar el monumento de Carlos IV, que nunca se colocó y ahora se encuentra a un costado del Palacio de Minería. Al centro de ese llamado Zócalo, hermosa plaza pública hasta hace poco sembrada de elegantes palmeras y floridos prados, luce hoy una fría capa de cemento. Bellamente rodeada, hacia el norte, por la Catedral Metropolitana; al oriente, por el Palacio Nacional, donde estuviera el palacio de Moctezuma; mirando hacia el sur, el Palacio Municipal y al poniente, el portal de Mercaderes; también, pero a un costado de Catedral, el bello palacio que construyó don Pedro Romero de Terreros el primer monte pío de la Nueva España y conocido hoy como el Monte de Piedad.

En esa plaza estuvo la Plaza del Parián, donde se expendían las mejores telas llegadas en la Nao de China. A un costado de Palacio Nacional, se encontraba el Palacio del Arzobispado y poco adelante, El Museo Nacional de Historia.

Tantos sitios históricos de recordar, como la Plaza del Volador, donde hoy se encuentra la Suprema Corte de Justicia y que debía su nombre a que en ella se levantaba el poste donde se celebraba el ritual solar de los voladores, hoy conocido como los Voladores de Papantla

Muchos edificios cercanos y emblemáticos de ese barrio; dónde mejor instalado un negocio de antigüedades que en ese México que vive y huele a historia.

Siendo un gran conversador y asiduo visitante de las cafeterías de los alrededores, Fernando tuvo facilidad para hacerse de amistades que de una u otra forma, le fueron acercando clientes; eso, su profesionalismo y conocimientos, le crearon una merecida fama entre   los coleccionistas. Entabló amistad con un Monseñor que lo acercó a las jerarquías eclesiásticas, quedando establecido como asesor de la Arquidiócesis en el ramo de arte sacro.

En varias ocasiones, las autoridades eclesiásticas  habían recurrido a sus servicios para autentificar piezas de arte sacro que de pronto aparecían en manos de algunos devotos feligreses, quienes preferían donarlo a su parroquia, a fin de preservarlo para la posteridad. En esa forma pasó por sus manos y estudio una pintura religiosa, en apariencia auténtica, pero carente de firma. El tema era la Virgen María y a sus pies una familia de nobles de la época.

Fernando era un solterón empedernido, que podía dedicarle toda su atención a su trabajo de anticuario. La pintura fue recibida en  la Parroquia de San José y a petición del Arzobispado, Fernando fue citado para revisar la pintura. Empezó por lo básico, estaba realizada sobre madera, tratada tal vez con aceite de linaza, que la había preservado de las polillas, técnica propia de la época. La pintura en sí, mostraba trazos firmes y buena proporción de las figuras y el trazo de la perspectiva era correcto. El claroscuro recordaba a la pintura flamenca, pero para mejor y mayor información, debería llevarla a su taller para hacer un estudio más profundo.

Tomadas todas las precauciones, fue trasladada al taller de Fernando. Empacada de forma conveniente, el traslado se hizo bajo la protección de una empresa de seguridad.

La pintura mostraba algunos craquelados, tal vez causados por un ambiente demasiado seco o que hubiese estada expuesta a la luz directa; valiéndose de una potente lupa, pudo observar en esos pequeños cortes, que debajo de esa capa de pintura, había otra, algo común en aquellos tiempos. Fernando contrató los servicios de profesionales en el análisis por rayos X y el resultado fue asombroso. La pintura superior, era obra de un pintor desconocido, pero con seguridad trabajó bajo la guía de algún maestro. El fondo de ambas pinturas era una capa de pintura blanca con base de plomo; la primera pintura representaba un ángel custodiando a una persona, no identificable con ninguna pintura religiosa; sobre ella se había pintado la virgen y los personajes. Definitivamente, era una pintura original del siglo XVII, aunque no se podía atribuir a ninguno de los pintores notables de aquella época, aunque los trazos señalaran en el sentido de recordar la pintura de Pedro de Villegas. No habiendo otra cosa que averiguar acerca de la pintura, el cuadro fue regresado a la parroquia y Fernando siguió en su próspero negocio.

Por azares del destino, llegó a su poder un viejo manuscrito que contenía un antiguo plano de una construcción en Nueva España y viendo que la planta de dicha obra, mantenía un singular parecido con la casa en que tenía el negocio y que ya para entonces era de su propiedad. Se puso a Investigar acerca de la finca, pudo corroborar que la construcción original había sido modificada durante los primero años del siglo XIX, en los últimos años de la Colonia.

Entre tanto estudiaba el plano, quedando convencido de que el plano adquirido, era el perteneciente a esa casa; las medidas de la planta baja lo corroboraban. Fue entonces en que reparó en un detalle: En un cierto punto, donde debería estar la cocina, que en esos tiempos eran construcciones de mampostería con quemadores de leña o carbón y un enorme cenicero, se hallaba una meseta de mampostería que se había utilizado como lugar para almacenar cosas inútiles. En el plano marcaba con claridad una puerta de entrada a un sótano, precisamente debajo del cenicero. Fernando estaba decidido a romper esa mampostería, pero no le era posible hacerlo a él solo, por lo que habló con su hermano Felipe, unos años menor que él y a quien tenía suficiente confianza para relatarle lo que suponía. Su hermano estuvo de acuerdo y decidieron contratar a unos trabajadores para que realizaran la demolición, atendiendo Felipe los trabajos, en tanto Fernando continuaba atendiendo a sus clientes, pues no era cosa de cerrar el negocio.

Felipe se encontraba estudiando en la Facultad  Arquitectura, en Ciudad Universitaria y solo dispondría de tiempo los fines de semana, o de plano esperar hasta las vacaciones, pues le quedaba poco tiempo para asistir a la escuela y estudiar en casa o con amigos, cuando de algún proyecto en equipo se trataba.

Al contrario de su hermano, Felipe era más dado a la introspección; tenía pocos amigos, era un lector constante y regular jugador de ajedrez en la cafetería de la Universidad. Hombre de pocas palabras, no era dado a entrar en discusiones, pero era un analista profundo de lo que le representaba algún interés y, desde luego, la posibilidad de estar en contacto con la arquitectura de antaño, le llamaba la atención. Desde luego le era prioritario ayudar a su hermano, con quien llevaba una extraordinaria relación.

Siempre vestido correctamente para un estudiante: Pantalón de casimir, alguna camisa a juego y algún suéter de acuerdo a la temporada. Bien parecido, era asediado por compañeras que se integraban a los grupos de trabajo. Como estaba cercano un período de vacaciones, Felipe no tuvo inconveniente en participar en la exploración.

Explorando la casona


Luego de vaciar de cosas inservibles esa habitación, los trabajadores empezaron a demoler la mampostería; no fue tan complicado como pensaban, pues era solamente un muro de tabiques recocidos, recubiertos con argamasa de cal. Luego encontraron un relleno de tierra y piedras, sobre el cual se había hecho una cubierta; extrajeron todo ello y debajo encontraron el brasero que Fernando suponía, a partir de ese momento, despidieron a los trabajadores, dedicándose ellos  personalmente a continuar con la investigación. Fernando notificó a su clientela que realizaría un viaje durante varias semanas en busca de mercancías, por lo que permanecería cerrada la tienda. Los hermanos empezaron por demoler el piso debajo del cenicero, no tardando en encontrar la puerta que había identificado Fernando en el plano.

Sin gran dificultad removieron la puerta de madera, podrida por el tiempo y la humedad, dejando a la vista un pozo negro, los hermanos se acercaron un poco, descubriendo una escalera de piedra que se internaba debajo de la construcción.

Del obscuro pasaje salía un fétido olor a podrido y a humedad; pensando en algún momento si no habrían dejado enterrado a alguien, igual omo se acostumbraba, según las leyendas, a emparedar a algunos habitantes de los múltiples conventos existentes en la Metrópoli.

Durante todo el día dejaron abierta la habitación para permitir que se ventilara el sótano; por la tarde y valiéndose de un larga extensión eléctrica, los hermanos descendieron la escalera. Los escalones de piedra se sentían mohosos. Contaron trece escalones hasta llegar al piso del sótano. La lámpara les permitió ver la amplitud del lugar. Si alguna vez ese sótano tuvo iluminación, las ventanas habían quedado por debajo de la calle actual, por lo que permaneció en la ignorancia durante decenas, o tal vez, cientos de años. El propio hundimiento de la ciudad en el fondo cenagoso del antiguo lago, obligaba a levantar las calles cada cierto tiempo; así sucedía en el Monumento a la Independencia, que cuando fue inaugurado se encontraba a nivel de banqueta y en la actualidad ya tiene más de diez escalones.

El piso de esa estancia era de piedra de cantera, lo cubría una gruesa capa de polvo endurecido por la humedad y el paso de los años. El techo estaba soportado por robustas vigas de mezquite, por lo que habían perdurado hasta entonces sin menoscabo de su dureza y resistencia.  Recargado en uno de los muros, había un viejo librero conteniendo algunos antiguos manuscritos, que al contacto de los dedos se hicieron polvo.

En el entrepaño superior, Felipe vio una caja de madera, se lo hizo notar a su hermano y luego de llevar una escalerilla de mano, Fernando, que para entonces ya se había colocado guantes de hule y cubreboca, al igual que Felipe, tomó con cuidado la caja y se la pasó a su hermano. Se sentía pesada, por lo que supuso que podría contener algo valioso; para revisarla mejor, la llevaron al exterior, hasta el estudio de Fernando.

Conociendo los procedimientos para tratar objetos encontrados, tanto enterrados, como en lugares húmedos y valiéndose de una brocha de pelo fino, empezó a limpiarla, a fin de conocer el estado de la madera. Luego de paciente trabajo, dejó al descubierto una superficie de cuero repujado, era un trabajo muy fino. Ante de abrirla y dado que el mismo cuero hacía las veces de bisagra, untó la superficie de cuero con aceite, para quitarle lo reseco y evitar que se fuera a romper al abrir la caja. La envolvió en un paño impregnado de aceite y  luego la metió en una vitrina, para evitar que estuviera al aire. Ya era noche y decidieron descansar, para intentar abrir la caja por la mañana.

Los hermanos se retiraron a las habitaciones de la planta alta de la casa y luego de darse un buen baño, se reunieron en el comedor. Durante la cena comentaron sus primeras impresiones de lo hallado. El anticuario se centraba en la caja y su contenido; en tanto que el estudiante de arquitectura hablaba de la obra en sí, pues le admiraba que se construyeran tales casas con los elementos rudimentarios de la época.

–Bueno, hermano, -le refutaba Fernando- ya los españoles que edificaron esta casa, llevaban alguna tecnología de la época;  pero piensa en las grandes construcciones que realizaron los habitantes de Tenochtitlán; cómo hicieron para transportar las enormes piedras, llevadas desde las riberas del lago y habiendo sido llevadas desde regiones alejadas. No disponían de animales de tiro, por lo que requerían enormes cantidades de trabajadores, muchos esclavos conseguidos en las guerras con sus vecinos. Fabricar enormes barcas, que también requerían troncos llevados tal vez desde Chapultepec.

Felipe escuchaba a su hermano con admiración; siempre aprendiendo de su gran experiencia adquirida, tanto en la escuela, como en sus años de ejercerla mediante la tienda. Así se les iban las horas; uno muy locuaz, el otro parco pero receptivo.



A la mañana siguiente, luego de desayunar, los hermanos estaban ya en el estudio, ansiosos por conocer el contenido del cofre, pero cuidando no estropear la cubierta, pues Fernando se daba cuenta que, solo como pieza antigua, tenía un buen valor. La extrajo de la vitrina y la colocó sobre su mesa de trabajo, le retiró el lienzo y limpió con cuidado el aceite remanente. Acarició con suavidad la superficie; era una piel de color café rojizo. Empezó a levantar la tapa, revisando que el lomo que hacía la bisagra, no se rompiera. No ocurrió así, pues la previsión de aceitar la piel, le había devuelto su flexibilidad.

Cuando abrió la caja, puso a la vista un libro del tamaño de la caja, era realmente antiguo, pues la cubierta era de piel, tal vez de oveja, como se usaba en la antigüedad. Con los guantes de látex puestos y mucho cuidado, extrajo el libro y lo depositó sobre la mesa. El libro no contenía título o nombre de autor y se encontraba bastante deteriorado por efecto del tiempo; lo abrió con mucho cuidado y entre las páginas de una vieja historia de caballería, se encontró con un texto en letras góticas escrito en un antiguo trozo de pergamino, el que, aún con su preparación, le costaba entender, acercó su lupa con iluminación y empezó a intentar comprender esa escritura que nuestros antepasados utilizaban:

«Hace muchos años, entre los soldados del Capitán don Hernando de Cortez, se estableció en esta noble ciudad un hombre que se incorporó al ejército del conquistador, en la escala que la armada hizo en Gran Canaria, un hombre liberado de galeras, Antonio de Garmendia; personaje de pasado obscuro, pero de notable inteligencia y sabiduría. Este tal Garmendia peleó tenazmente contra los indios que defendían el diabólico adoratorio de Tezcatlipoca, de piedras ennegrecidas por la sangre de cientos de sacrificios hechos a los diablos. Por su valentía, don Nuño de Guzmán lo recomendó al Capitán Cortez para ser recompensado. Una vez tomada la Gran Tenochtitlán y los indios sometidos, a Garmendia le fueron otorgados unos terrenos afuera de la traza, en la cercanía de un gran canal que era utilizado por los comerciantes que llegaban con sus mercaderías a ofrecerlas en el gran tianguis. Antonio de Garmendia se enriqueció en breve  tiempo, lo que nunca despertó sospecha alguna. Unos indios que estaban a su servicio, corrieron la noticia de que Garmendia había descubierto el tesoro de Moctezuma que se había perdido en la llamada Noche Triste, cuando los hombres de Cortez salieron huyendo, ante la embestida de los indios que querían recuperar sus adoratorios. La noticia voló por toda la ciudad y no dejó de ser atendida por el propio Garmendia, quien temeroso de ser despojado de su riqueza, tuvo buen cuidado de esconderla en diferentes sitios. No solamente para Garmendia, también la noticia llegó al Santo Oficio, por boca de alguien que deseaba hacerse con las riquezas del Garmendia. El hombre falleció a causa de los tormentos a que fue sometido. Nunca se han encontrado los indicios de tales enterramientos,  solamente un trozo de papel que dice:



En la tercia petra a la sinestra escala debajo della se fhalla ella Por ser yo un hombre viejo y de escasa vista y menos entendederas, no he encontrado el sitio que menciona, por lo que dejo este escrito para quien la fortuna se lo tenga reservado.


En un principio, Felipe estaba muy interesado en el contenido del escrito, pero al paso de las horas y sin tener actividad en ese momento, viendo que ya pasaba del medio día y su hermano no mostraba deseos de detener la interpretación del texto, optó por irse a la cocina a preparar algo, para cuando Fernando sintiera hambre.



Cuando Fernando terminó la lectura, los ojos le ardían por el esfuerzo realizado, se fijó en el reloj de pared que decoraba el estudio y se dio cuenta que eran cerca de las tres de la mañana; se le habían pasado las horas sin apenas darse cuenta.

Se levantó de su silla y enderezó el cuerpo, que le dolía como si lo hubiesen apaleado, dejó el libro y se echó a dormir en un catre que tenía cerca de su mesa y donde con frecuencia dormía por unas cuantas horas, cuando el trabajo lo absorbía, como era el caso actual.



A la mañana siguiente, a primera hora Fernando fue a despertar a su hermano, pues no podía esperar para poder tratar de resolver ese misterio, que tal vez les tuviera reservada alguna agradable sorpresa.

—¡Felipe, Felipe, despierta! –dijo a su hermano apenas entrar a la habitación.

—¿Qué pasa?.... ¿Por qué vienes tan alterado?, -preguntó Felipe medio en sueños.

—Lo que pasa es que me he encontrado un escrito y me pasé gran parte de la noche interpretándolo y creo que estamos parados sobre un tesoro.

Luego de explicar a su adormilado hermano lo que acababa de leer, los dos volvieron al estudio, donde el mismo Felipe intentó leer el documento, pero como estaba menos preparado para ello, desistió de hacerlo, confiando en el buen juicio de su hermano.

—Este es el mensaje importante y creo que dice esto: En la tercia petra a la sinestra escala debajo della se fhalla ella –dijo Fernando a su sorprendido hermano.

—Pues sigo sin entender, ¿me lo puedes explicar?

—Desde luego, dice: “En la tercera piedra, a la izquierda de la escalera, debajo de ella, hallarás a ella”.

—Pues me has de perdonar, hermano, pero entiendo a medias. ¿A qué ella encontraremos?

—Pues ciertamente no sé qué hallaremos, pero de que lo vamos a buscar, lo vamos a hacer.

–Estoy de acuerdo, Fernando, pero lo que esté enterrado, lo está desde hace cientos de años y te aseguro que no se perderá si antes de buscarlo nos damos un baño y desayunamos.

–Tienes toda la razón, Felipe, lo que pasa que la emoción me hace apresurarme. Pero ciertamente necesito de un buen baño y, desde luego, alimentarme adecuadamente. Entra tú a bañarte y yo preparo el almuerzo.

Fernando Salió apresurado rumbo a la cocina; de pronto se le mezclaban las ideas y no sabía si cocinar unos libros con tocino o se encontraba a punto de desenterrar unos huevos de gallina… Al fin se despejó del mal dormir y se centró en la preparación del desayuno. Cuando Felipe entró a la cocina, muy fresco y afeitado, Fernando se dirigió al cuarto de baño. Felipe puso en funcionamiento la cafetera, esperando que saliera su acelerado hermano.



Luego de desayunar y beber con calma un café bien platicado, los hermanos se pusieron en obra, al bajar la escalera, ubicaron la tercera piedra de la izquierda, que casualmente era más obscura que el resto del piso. Las losas medían un medio metro por lado y de inmediato empezaron a intentar levantarla, algo nada sencillo, pues la piedra era bastante pesada para removerla.

Trabajaron arduamente los hermanos, turnándose para trabajar, pues el espacio no permitía que lo hicieran los dos a un mismo tiempo; Fernando consideró que les hacía falta una herramienta para hacer una palanca y tener mejores posibilidades de levantar la losa con un menor esfuerzo; indicó a su hermano que descansara un poco, el saldría en busca de una barreta, como sabía que no la tenía, indicó a Felipe que saliera para refrescarse y descansar, pues él tendría que dirigirse a una ferretera a adquirirla, lo que le podría llevar una hora. Siguiendo la recomendación de Fernando, Felipe volvió a la superficie; en la cocina bebió agua y se fue a recostar al catre, en tanto regresaba su hermano.

El cansancio lo venció y se quedó dormido y «Se vio en un sitio desconocido para él, se encontraba dirigiendo una construcción, pero sus ropajes eran diferentes a lo que él usaba; los trabajadores eran indígenas apenas cubiertos por taparrabos, en tanto que él vestía un pantalón como de piel volteada y botas hasta las rodillas, una camisa blanca holgada con holanes en los puños y un sombrero tipo chambergo. Todo le era conocido, pero a la vez extraño. Se veían pocos edificios en los alrededores; mirando hacia el oriente, se estaba levantando una iglesia de madera y frente a ella un edificio en plena demolición. Dejó a sus trabajadores y se dirigió hacia el edificio que se estaba demoliendo; entonces se dio cuenta de que muchas piedras se encontraban ennegrecidas, como pintadas por una pintura rojiza negruzca, cayendo en la cuenta que se trataba de sangre reseca. Muchos peones semi desnudos desmontaban las piedras y las trasladaban hacia una gran construcción que se situaba hacia el oriente de dicha plaza. Dentro de su extraño sueño, que bien sabía que no era real, pero se miraba tan real a sí mismo, que pensaba que estaba enloqueciendo. Se dio cuenta que unos hombres, soldados españoles, según se percató, acompañaban a un personaje que debería ser noble indígena, con un tocado de plumas multicolores y un gran manto de tela blanca bordado con plumas, el personaje calzaba una especie de sandalias de cuero sujetas las suelas con tiras de cuero quese enredaban en sus pantorrillas; los indígenas que trabajaban, bajaban la vista cuando el personaje se acercaba»  De pronto sintió que algo lo   le golpeaba en el hombro y escuchó una voz.

–¡Felipe, Felipe, despierta! –era la voz de su hermano que le llamaba- te quedaste dormido, flojonazo, vamos a trabajar, ya tengo la barreta.

Se levantó adormilado y siguió a Fernando que ya descendía por la escalera de piedra.

Trabajaron todavía un par de horas, haciendo palanca, pero la losa se encontraba adherida, posiblemente con argamasa de cal. Finalmente, sudorosos y cansados pudieron levantar la piedra y ponerla a un lado.

 Tal como lo pensó Fernando, la piedra de cantera había sido fiada con argamasa de arena y cal; debajo de la argamasa, una capa de tierra, enseguida que retiraron la tierra se encontraron unos viejos tablones medio podridos, pero aún lo bastante resistentes para sostener la piedra. Sin miramiento alguno, Fernando empezó a tratar de romper los tablones, suponiendo que se trataba de una cimbra muerta; cuando al fin lo lograron, pusieron al descubierto una escalera de piedra rústica que se adentraba en un obscuro y húmedo pasadizo. El hedor a humedad y putrefacción, era nauseabundo.

Fernando decidió con prudencia, que en ese momento no podían adentrarse al pasaje, pues la obscuridad era total y las emanaciones les podrían intoxicar; además la extensión eléctrica no era suficiente, por lo que salieron en busca del equipo necesario, dando tiempo a que penetrara aire fresco para renovar ese ambiente viciado por siglos de encierro. Aprovecharían el tiempo para comer y por la tarde verían si ya era seguro el acceso o esperarían hasta la mañana siguiente.

Los hermanos se asearon y decidieron salir a comer a algún lugar cercano, a fin de despejarse y aclarar bien los pasos que deberían seguir.

Caminaron rumbo al poniente, dirigiendo sus pasos hacia la calle Brasil, a fin de dirigirse a la Plaza de Santo Domingo, portales donde por decenas de años existieron unos escribanos que eran conocidos como “Evangelistas” y que elaboraban y leían cartas que mucha gente les requería. Eran tiempos en que había un gran analfabetismo, por lo que cumplían una importante función social de comunicaciones. Para la fecha actual, había varios negocios de imprenta, donde lo mismo elaboraban las invitaciones para la quinceaPara la fecha actual, había varios negocios de imprenta, donde lo mismo elaboraban las invitaciones para la quinceañera, las participaciones de la boda, las tarjetas de presentación y hasta títulos profesionales, apócrifos, desde luego, pero que a más de uno les debe haber servido para abrirse paso en la vida. En esos locales también había fondas con comida casera para atender a los empleados de los alrededores a precios módicos.

A uno de tales sitios entraron a comer los hermanos, pujes con la tienda cerrada no había generación de ingresos y convenía ir cuidando los fondos existentes por lo que se avecinara. La comida del día eran unas deliciosas albóndigas de res en salsa de tomate rojo, arroz a la mexicana, frijoles y agua fresca. Las tortillas eran a discreción, pues las cocineras bien sabían que era el complemento indispensable en la dieta nacional.



En su salida a la ferretera, Fernando había previsto que tal vez necesitaran una extensión eléctrica mayor, por lo que compró material eléctrico. Con esos elementos se hicieron de una extensión eléctrica mayor a cincuenta metros, se calzaron guantes y botas y un ventilador para que le inyectara aire fresco al pasaje, pues no sabían qué iban a encontrar. Antes de entrar, bajaron la extensión, a fin de disponer de una buena iluminación. La sorpresa de Fernando fue enorme, pues se dio cuenta que se encontraban en una construcción prehispánica, tal vez un adoratorio. El piso se encontraba cubierto de una capa de tierra humedecida y, supuso el anticuario, los muros superiores del adoratorio se habían utilizado como cimentación de la casa.

Su buena preparación académica le permitió darse cuenta de la importancia de su hallazgo; no queriendo dañar lo que bien supuso era de importancia histórica, Fernando optó por salir. Lo comentó con Felipe.

—Hermano, lo que hay debajo de este piso es, creo yo, un adoratorio prehispánico y no quisiera dañar algo por ignorancia o descuido, por lo que sugiero recurrir a algún conocedor y creo tener la persona indicada.

—Me parece bien Fernando, pero debe ser alguien de confianza, pues si se entera el Instituto, te pueden confiscar hasta la casa.

—Lo sé, -repuso el anticuario- es algo delicado, pero quiero saber lo que encierra este misterio, sin dañar, desde luego, algo que es patrimonio nacional. Para ello, voy a buscar a Aníbal, un amigo que tuve en la Preparatoria y que siguió la carrera de antropología, sé que trabaja en el Museo Nacional, iré a buscarlo y juntos planearemos todo esto.

En tanto Fernando se encargaba de localizar a su amigo y de explicarle lo hallado, Felipe se fue a su departamento para darse un buen baño y comunicarse con su novia, a quien tenía varios días sin ver. La joven Mónica estaba medio molesta por la ausencia del novio, pero aceptó que se vieran a tomar un café y, tal vez, asistir al cine a ver una buena película.

–No me has dicho, Felipe, -dijo airada la joven cuando se encontraron- ¿a dónde te has metido?, solo espero que no me entere que me andas poniendo el cuerno, porque entonces me conocerás…

–Nada de eso, mi amor, -contestó cariñoso el muchacho- bien sabes que no tengo corazón más que para ti, lo que pasa es que mi hermano me pidió ayuda para hacer un inventario de sus cachivaches y habías de ver cuántas cosas encontramos que ya ni recuerda cómo llegaron a su tienda. Todavía no hemos terminado, pero él tuvo que salir a ver algún pendiente con un amigo, por eso lo primero que hice fue llamarte y poder verte.

–Mira que te lo estoy creyendo, Felipe, pues siempre has sido muy serio, pero no me dan confianza esas compañeritas resbalosas que tienes…

–Ja ja ja, -rio de buena gana el joven- no te preocupes, Mónica, yo pienso que nos llevaremos el resto de las vacaciones, pero trataré de hablarte desde la tienda en cuanto me sea posible.

De esa forma, ya tranquilas las partes, los muchachos disfrutaron de una tarde de café y, ya por la noche, de una película que Mónica deseaba ver. Después de la función fueron a cenar a un sitio tranquilo, donde siguieron platicando, hasta que Mónica miró su reloj y se dio cuenta que ya era tarde.

–¡Vámonos pronto, mi amor!, que ahora sí mi papá me va a sacar los ojos como mínimo.



Estudiando el hallazgo


Horas después, Fernando logró comunicarse con Aníbal, su amigo desde la Prepa y que trabajaba en el Museo Nacional, quien se sorprendió y a la vez le dio gusto recibir comunicación de su antiguo compañero, quedaron de verse esa misma noche en una cafetería de la Plazuela de El Carmen, lugar que a ambos les era cómodo.

El resto del día, Fernando lo ocupó en limpiar, tanto en el estudio como en los lugares que habían descubierto, preparando con cuidado la extensión eléctrica para asegurarse una buena iluminación cuando bajaran al supuesto adoratorio. Comió algo ligero a base de verduras y carne de pollo y luego de bañarse se recostó en el catre a reponer las fuerzas para lo que vendría.



Luego de los abrazos por el reencuentro y los comentarios personales, la charla se centró en las actividades profesionales de ambos. Aníbal se sorprendió de saber que la tienda de antigüedades que era reconocida hasta por funcionarios del museo, fuese propiedad de su amigo. Por su parte, Fernando se puso al corriente de las actividades de su amigo dentro del museo, quien le comentó que estaba participando en la limpieza y clasificación de objetos encontrados en las excavaciones del Templo Mayor. Aprovechando ese comenario, Fernando entró en materia:

–Aníbal, sé que te sorprendió mi llamado, después de varios años sin vernos…   –Empezó Fernando- Además de tener el placer de saludarte, tengo necesidad de tu ayuda profesional, pero debe ser algo económico, hasta estar seguros de lo que es y una vez definido, tú tendrás el mando de la situación.

—¡Caramba, Fernando!, -dijo Aníbal- me sorprendes, me da la impresión de que hubieras hallado un tesoro…. Pero desde luego, conozco tu honradez y estoy seguro, que por ello me llamaste; es decir que quieres hacer las cosas correctamente y yo estoy de acuerdo. Tú dirás.

Fernando relató a su amigo a lo que se dedicaba y cómo, de manera fortuita había llegado a su poder el plano de su casa, que aunque la casa databa de los primeros tiempos de la Colonia, el plano se había hecho en los primeros años del siglo XIX. De cómo había deducido la entrada al sótano y lo referente al antiguo libro y la nota hallada dentro de él. Que al descifrar la nota, la curiosidad lo llevó a levantar una losa de la escalera del sótano y el hallazgo de que la cimentación de la casa fuese un viejo adoratorio prehispánico.

El antropólogo se sorprendió de que Fernando hubiera llegado a la cimentación de su casa, no por el posible adoratorio, pues todas las grandes obras que se hicieron dentro de la llama “traza”, fueron construidas en esa forma, o con las piedras obtenidas de las edificaciones prehispánicas.

—Tú bien sabes, Fernando, que cuando ocurren estos descubrimientos, de inmediato se debe notificar a Antropología e Historia y solamente ellos pueden excavar el sitio. De no hacerlo así, nos podrían acusar de robo arqueológico….

Aníbal se quedó pensativo, como calculando si habría otra posibilidad. Finalmente continuó:

—Mira, Fernando, voy a cooperar contigo, pues no quisiera que perdieras tu casa y tu negocio. Vamos a entrar y tomaré nota de todo lo encontrado, no sacaremos nada y al terminar la revisión, volveremos a cerrar y se termina el asunto. ¿Estás de acuerdo?

—En principio sí, Aníbal, -contestó Fernando- pues tampoco quiero dañar ese testimonio de nuestra cultura antigua, pero debes dejarme un cierto espacio para extraer algo, no sé qué pudiera ser, en tanto no forme parte del adoratorio.

—Bien, no me imagino a qué cosa te pudieras referir, pero estoy de acuerdo. ¿Cuándo empezamos?

—Mañana mismo, si te parece bien, te espero en la esquina de República de Argentina y Guatemala, a un costado de la Catedral. En esa esquina tengo mi negocio y ahí mismo vivo. Frente a Porrúa.

–De acuerdo, inventaré algo para ausentarme del trabajo un par de días, suponiendo que no tengamos que demorarnos uno o dos días más.





Al día siguiente se presentó Aníbal a la hora indicada; ya lo esperaban los hermanos, el antropólogo llegó con una gran caja de madera que un taxi le dejó en la banqueta. Luego de introducirla a la oficina de Fernando, les explicó que eran herramientas apropiadas para el trabajo que harían. Llevaba también una cámara fotográfica con tripié y una lámpara para iluminar debidamente el área de excavación. Antes de empezar, pidió ver los papeles que llevaron a ese descubrimiento, lo que le pareció razonable a su amigo.

Mas acostumbrado a descifrar textos antiguos, no tuvo mucho problema para leer la carta. También le llamó a  atención el ejemplar del libro de caballería, se trataba de Policisne de Boesia, de don Juan de Silva y Toledo, considerado el último libro de este género, escrito a finales del XVI o principios del XVII.

—Te aseguro, querido amigo, -dijo Aníbal- que con este ejemplar del libro encontrado, puedes obtener una bonita cantidad, pues hay coleccionistas que dan una pierna por una de estas copias.

—Lo sé, Aníbal, pero de momento lo que me interesa es lo que dice la nota. Vamos a bajar para que veas el sitio.

Los tres amigos bajaron al sótano y Fernando retiró una hoja de triplay que había colocado sobre la boca del pasaje.

Aníbal observó todo el entorno, calculó la diferencia de niveles con la calle y dedujo que podría tratarse de una prolongación del Templo Mayor, sobre el que fue construido el Palacio Nacional que vemos actualmente y que originalmente fueron las casas de Moctezuma. Antes de que siguieran adelante, encendió la lámpara y tomó fotografías de todo el espacio disponible. Ayudado por Fernando y Felipe, midieron con cuidado todos los espacios y posteriormente cuadriculó todo lo medido sobre un dibujo que fue elaborando en tanto medían. Fernando y Felipe le auxiliaban en lo que solicitaba, así pasaron unas dos horas. Hasta entonces empezaron realmente a buscar algún indicio relacionado con el extraño mensaje.

—Ahora sí, Fernando, dime por dónde quieres empezar y lo iremos haciendo de una forma adecuada, para no ir a perder algo o a perjudicar algún vestigio.

—Pues si estos restos corresponden a un adoratorio, busquemos el lugar de los sacrificios y empecemos por ese lugar. No me pregunten por qué, pero es una intuición que como anticuario debo seguir.

El espacio disponible medía cerca de cincuenta metros por el Norte; treinta y dos en el Sur; cuarenta y ocho en el Poniente y veinticinco en el Oriente. El resto estaba  ocupado por lo que supusieron ser material de relleno, piedras y tierra.

—Bien, -dijo Aníbal- como los sacrificios humanos se dedicaban a Tonathiu, por lo general se ubicaba el techcatl, o piedra de sacrificios, al Este de la construcción, por donde se levanta el sol. Empecemos ya.

Aníbal proporcionó a los hermanos unas cucharillas y brochas de pelo para empezar a remover la tierra; les pidió que conforme extrajeran material, lo fuesen cerniendo, para recuperar pequeños trozos de cerámica, hueso u otros objetos. Así trabajaron durante varias horas, en una posición muy cansada para el anticuario y su hermano, no así para el antropólogo, que ya estaba acostumbrado a tales tareas.

Las áreas de trabajo estaban delimitadas por cordones clavados sobre estacas de acero, una estación para cada uno. Fernando se ocupó de la que se encontraba al Este de lo que parecían los muros superiores del adoratorio. Luego de casi cuatro horas de trabajar en silencio, concentrados en su actividad, Fernando encontró algo duro y uniforme, se lo hizo saber a Aníbal, quien de inmediato ocupó el lugar de su amigo para seguir con la limpieza de la superficie, valiéndose de la brocha de pelo. Al fin, por la tarde, luego de detenerse una hora para descansar y almorzar, el antropólogo puso al descubierto una gran losa circular poco mayor a un metro de diámetro, la cual presentaba vestigios de pinturas de diversos colores. Ubicó su equipo de fotografía exactamente arriba de la piedra e hizo varias fotos.

Casi sin lugar a dudas, -expresó a sus amigos- el hallazgo debe ser muy importante, estoy muy emocionado.

—Fernando, creo que ya encontramos a “ella”, pues si no me equivoco, esta es una piedra que representa a la Coyolxauqui, quien, según el mito del nacimiento de Huitzilopochtli, Coyolxauhqui, al enterarse de que su madre, Coatlicue, estaba embarazada de un padre desconocido, furiosa guió a sus hermanos (los cuatrocientos surianos) hacia Coatepec, donde aquélla se encontraba, para matarla, y así lavar la afrenta. (Nota histórica tomada de Wikipedia)

—Dicen los códices que la mujer fue descuartizada y, precisamente, la imagen esculpida en esta piedra, muestra una mujer desmembrada; Necesito limpiarla bien para estar seguros. Después la descubriremos en su perímetro para cerciorarnos de que es una piedra independiente del resto de la construcción; si esto es correcto, trataremos de ver si hay algo debajo de ella.

—Aníbal, -dijo preocupado Fernando- si esto es verdaderamente lo que supones, ¿durante cuánto tiempo puedes mantener este hallazgo en reserva?

—Me temo que no por mucho tiempo, -respondió con seriedad- desde luego que se han dado casos en que un afortunado arqueólogo, encuentre algo valioso trabajando solo, de manera que durante algunos meses trabaja sin notificar, hasta estar seguro de la importancia de lo encontrado y poder llevarse la gloria que busca todo profesional.

—En cuanto a que te lleves el mérito como arqueólogo, -dijo con sinceridad Fernando- desde luego que lo entiendo y no me opondré, pues aunque yo fui quien los encontró, por ser mi propiedad y por haberme llegado el plano, adquirido como anticuario, no podría haber hecho más de lo que hice; solamente quiero tener tiempo para tratar de esclarecer el mensaje y, tal vez, eso nos lleve a otros descubrimientos. Yo te aseguro que si lo encontrado tiene algún valor de mercado, lo hallado se dividirá entre nosotros tres, -dijo Fernando señalando también a su hermano.

—Bueno, dijo Aníbal, por lo pronto veamos que nos tiene reservado la descuartizada Coyolxauqui.

Esto dijo el arqueólogo, en tanto empezaba a remover la tierra perimetral, tratando de constatar que no formaba parte de la piedra base. Poco a poco se fue confirmando que era una pieza separada, por lo que una vez descubierta, utilizando unas estacas como cuñas y palancas, lograron levantarla lo suficiente para ver el cuello de un cántaro de barro, cuya  boca estaba sellada. Siguiendo la misma rutina, Aníbal tomó fotografías y medidas del objeto encontrado y posteriormente empezó a retirar la tierra en que estaba empacado.

Antes de retirar el cántaro de su lugar, tomó nuevas fotografías y medidas, haciendo a la vez un dibujo. Después, con los guantes de látex puestos, tomó la vasija y la retiró, colocándola sobre tierra sin piedras, para evitar que se fuese a romper.

—Opino, Fernando y Felipe, que esperemos a que se seque el jarrón, pues se siente demasiado húmedo y no quisiera que se hiciera pedazos al tratar de abrirlo, además de que ignoramos con qué material esté tapado. Llevémoslo arriba, al taller y en tanto se seca, trabajamos otro poco aquí, ¿les parece bien?

—Por mí parte no hay problema, -expresó Felipe mirando a su hermano- tú eres el experto y sabes mejor que nosotros cómo se deben manejar estas cosas.

Los tres amigos procedieron a llevar la vasija hasta el taller de Fernando, donde lo cubrieron con un  lienzo húmedo, para que fuera perdiendo de a poco su propia humedad, luego volvieron al adoratorio, donde constataron que el resto era solamente, parte de la construcción, pues el resto se perdía debajo de los edificios vecinos.

Una vez determinado esto, Aníbal procedió a cerrar la entrada con tablas nuevas, previamente aceitadas, colocando encima la piedra original. Subieron luego al taller, pero de momento  no se podía hacer nada, por lo que los tres salieron en busca de algún alimento, pues las horas se les habían pasado sin darse cuenta.



Temprano al día siguiente, Aníbal se hizo presente en la casa de Fernando, que ya lo esperaba en compañía de su hermano Felipe, ansiosos por conocer lo que pudiera haber dentro del cántaro de barro, que para esa hora ya se veía bastante seco.

Aníbal tomó algunas herramientas y empezó a retirar la capa de tierra que cubría la boca de la vasija, encontrando un material resinoso a modo de tapón. Valiéndose de la lupa, determinó que la substancia era un tipo de cera de abeja mezclada con cascarilla vegetal, por lo que empezó a tratar de despegarla de las paredes de barro. Destrozando lo mínimo posible, retiró todo el tapón, dejando a la vista una vieja hoja de algo que parecía ser piel muy delgada; con todo cuidado lo extrajo y lo colocó sobre la mesa, estaba enrollado y atado con un cordón de ixtle. Antes de desplegarlo comprobó la flexibilidad del material, para evitar lesionarlo. Cuando finalmente lo extendieron, miraron unos garabatos  parecidos a los escritos antiguos.

Fernando quedó desconcertado, al igual que Felipe, pues ni remotamente podían entender el mensaje que encerraba. Aníbal les tranquilizó, diciendo que él trataría de descifrarlo, pero le llevaría algo de tiempo; necesitaba algunos libros que tenía en su casa, por lo que salió de prisa y en menos de una hora estaba de vuelta; de inmediato se puso a trabajar, finalmente les leyó el mensaje contenido:

—Este es un fragmento de un documento mayor, tal parece que luego de escribirlo lo cortaron en trozos, a fin de que no se conozca el todo de una vez; dice así:

«Yo, Antonio de Garmendia, español de Gran Canaria, liberado de galeras por el Capitán don Hernando de Cortés, quien al servicio de S. M. Don Felipe I, rey de España, reclutaba gente para dirigirse a conquistar las Indias. Por mi trabajo como soldado me gané respeto y fortuna. Gracias a Nuestro Señor Jesucristo y a la Santísima Virgen de la Candelaria, en tierras de mi propiedad hallé piezas de oro y otros materiales, olvidados por soldados españoles en la mentada “Noche triste” Parece ser parte del tesoro de Moctezuma, que mi señor don Hernando encontró.

Gente envidiosa me ha denunciado al Santo Oficio y antes de que me confisquen lo que por ley es mío, lo he dejado en varios sitios. Esta carta os debe llevar a un lugar llamado Tepozteco, al sur de la Capital. En la cumbre del cerro Tlahuiltepetl, hay un gran cúmulo de mampostería muy antiguo que los naturales denominaron “Casa del tepozteco” lugar consagrado al dios Ome Tochtli, que en lengua mexica quiere decir “Dos conejos”, al sur del cúmulo, bajando a la barranca, trece rocas ocultan la gruta donde he depositado parte de mi fortuna, tal vez, si el Santo Oficio me libera, vaya a recuperarlo y llevar una vida obscura»

—Esto es lo que dice el manuscrito, -dijo Aníbal, dejando el papel sobre la mesa- por lo que creo que deberemos hacer una excursión al Tepozteco y seguir la huella de tal enterramiento.

—Desde luego que iremos, -dijeron los hermanos al unísono- pues esto está muy intrigante, -terminó Fernando.







En el Tepozteco




A la mañana siguiente, a bordo del auto del anticuario y llevando la caja de herramientas de Aníbal, los tres amigos se dirigieron hacia el Sur, saliendo por la Calzada de Tlalpan, la antigua Calzada de Iztapalapa. En menos de una hora, luego de almorzar en Tres Marías, los amigos entraron al pueblo de Tepoztlán; se detuvieron en una tienda a comprar agua, pan y queso para comer en el cerro. Acercaron el auto hasta el aparcamiento y con las mochilas a la espalda, empezaron la fatigosa subida, precisamente por la cara sur del Tepozteco.

La vereda serpentea entre formaciones rocosas de origen volcánico, como todo el entorno, entre vegetación espinosa y algunos árboles chaparros, de flores blancas. Su intención era llegar a la cima y una vez en ella, orientarse mediante una brújula, con el fin de tener la certeza de ir en la línea correcta, pues las vueltas del camino hacían perder orientación.

Cuando al fin alcanzaron la cima, contemplaron embelesados el Valle de México, hacia el Norte y hacia el Sur, el tranquilo pueblo de Tepoztlán, de rojas tejas en las techumbres.

Pero ciertamente no iban de paseo, por lo que, una vez recuperadas las fuerzas que la ascensión les había quitado; de dar unos tragos a sus botellas de agua y pese al calor que ya era sofocante, y de orientarse mediante la brújula de Aníbal, empezaron a bajar; cosa nada sencilla, pues estaban al pie de un barranco profundo, por lo que Fernando propuso tomar referencias del sitio, dejar un paño visible desde abajo para marcar el lugar en que estaban parados y buscar el  descenso por sitio menos peligroso.

Se impuso la cordura y así lo hicieron, luego de poner un paliacate rojo atado a una higuerilla, colgando hacia el barranco, los amigos bajaron por la vereda, buscando el paso que les llevara a la barranca. Descendieron unos cincuenta metros y entre piedras y espinos llegaron al fondo; mirando hacia arriba se veía hondear el paliacate. Aníbal rectificó el rumbo, quedando parados frente a un montículo de piedras. Por ser el de mayor experiencia de campo, el antropólogo les indicó tener cuidado dónde iban a pisar o a apoyarse, pues era un terreno propicio para la víbora de cascabel; en todo caso y por experiencia, siempre llevaba en su mochila el suero anticrotálico y jeringuillas para aplicarlo.

Por ser un día entre semana, prácticamente se encontraban solos en el monte, sin nadie que les ayudara en determinado momento, pero también a salvo de miradas inoportunas.

Así, entre piedras y espinos, los tres exploradores llegaron a lo que parecía ser la boca de una cueva, que se encontraba cerrada por una acumulación de rocas de diferentes tamaños; todo coincidía con la descripción que Garmendia dejó en su escrito. Se colocaron guantes para protegerse las manos y empezaron a remover las piedras.

La recomendación de Aníbal de estar atentos a la posible presencia de reptiles, solamente aumentó el nerviosismo de los hermanos, quienes llevaban sus vidas en la tranquilidad de la ciudad. Valiéndose de las herramientas que llevaban y con las manos protegidas por gruesos guantes de cuero, empezaron a retirar las piedras.

Una…, dos…, tres, fueron cayendo una a una; la décimo tercera piedra les costó un poco retirarla, pues era la de mayor tamaño, pero finalmente pudieron ver la entrada a una gruta, como una breve grieta entre dos grandes piedras, apenas lo suficiente para el paso de un hombre.

Valiéndose de unas varas a manera de antorcha, los tres amigos penetraron en la gruta, espacio reducido donde quedaba poco espacio al ocupado por los hombres. En una rincón, sobre una roca se encontraba una calavera humana; valiéndose del flash de su cámara, Aníbal tomó algunas placas, luego retiró la calavera y removió la roca, debajo de ella había tierra y hojas, lo que le indicó que esa roca había sido colocada de forma determinada, por lo que empezó a quitar la tierra, poniendo al descubierto un cofre de madera con herrajes de hierro, la madera se encontraba en buen estado, pues se había impregnado de algún aceite. Emocionados, los tres hombres extrajeron el cofre, colocándolo fuera del agujero.

Fernando lo abrió, poniendo al descubierto una gran cantidad de monedas de oro y plata y algunas joyas de origen prehispánico: un gran pectoral de oro; unas orejeras del mismo metal; brazaletes de oro y esmalte y una gran profusión de joyas de lapidario de distintos materiales, predominando los chalchihuites y la obsidiana.

Aníbal tomó las fotografías suficientes para dar fe de lo encontrado, entonces comentó a los hermanos.

—Fernando y Felipe, estas joyas son de un valor incalculable, pero son patrimonio de la nación, por lo que yo les sugiero que, las monedas de origen español, con todo y tener su valor histórico, las repartamos entre nosotros y los artículos prehispánicos los reportemos al Instituto; yo creo que las monedas, vendidas como anticuario y numismático, pueden reportar una buena suma de dinero, ¿qué opinan?

—Yo estaré de acuerdo con lo que diga Fernando, -dijo Felipe- ustedes dos son especialistas en sus propias profesiones.

—Por mi parte, -dijo Fernando- desde un principio, cuando encontramos el adoratorio, le dije a mi hermano que esto era propiedad nacional, así que estoy de acuerdo contigo, Aníbal. Ahora hay qué ver cómo nos llevamos esto.

—Pues vamos a repartir lo encontrado en nuestras mochilas y el cofre lo volveré a enterrar, colocaré la piedra y la calavera. Al salir volveremos a amontonar las piedras y ya cuando haga la entrega de las piezas encontradas, haré la denuncia de todo, procurando que no vaya a perjudicar tu propiedad, aunque eso no lo puedo garantizar.



La leyenda del Tepozteco




Los tres amigos, satisfechos de lo encontrado, se sentaron a descansar y comerse unas tortas de queso y chiles serranos. Bebieron una generosa cantidad de agua para reponer la perdida durante la ascensión. Al terminar la improvisada comida, Aníbal les  propuso que, en tanto descansaban, les propuso contarles la leyenda del Tepozteco, lo que los hermanos aceptaron gustosos, pues eran parte de la cultura popular.

–Desde tiempo inmemorial, -empezó Aníbal el relato- un grupo de tlahuicas del Valle de México, se trasladaron a habitar en este valle; el personaje que los guiaba y gobernaba, era su rey y tenía una hija muy bella, a quien protegía con la finalidad de casarla con algún gran señor y establecer una alianza ventajosa para su pueblo. La joven era custodiada por una guardiana, que la cuidaba con celo de las miradas indiscretas. La joven acostumbraba bañarse en las frescas aguas del río Atongo. Un cierto día en que la bella doncella se bañaba, bajo los ojos vigilantes de su cuidadora, se posó en la rama de un árbol un vistoso pájaro de un rojo brillante y empezó a silbar melodiosamente. La joven estaba dichosa, pues el agua fresca le aliviaba del abrasante calor y el canto del ave le acariciaba el alma. Estas visitas del pájaro rojo se repitieron día a día; hasta que, en una de tantas visitas, al emprender el vuelo se le desprendió una pluma roja que se fue a posar sobre la cabeza de la doncella; nunca más se volvió a ver el ave. La joven se fue entristeciendo y desmejorando a la visa de sus afligidos padres, quienes mandaron traer al curandero del pueblo; el chamán la revisó y al final dijo a los ansiosos padres: Su hija está en espera de un niño. El padre se enfureció, pues eso echaba a la basura sus planes a futuro; de inmediato mandó desterrada a la cuidadora y cuando nació el niño, el padre lo arrebató de los brazos de la madre y lo echó a un hormiguero, para que se lo comieran los insectos; pero lejos de ello, las hormigas lo cuidaron y lo alimentaron con los mismos granos de comida que tenían para la colonia. Al ver eso, el padre enojado tomo al niño y lo echo en un maguey para que el sol lo calcinara; pero la planta dobló sus pencas para darle sombra al niño y lo alimentó con la rica leche del  aguamiel lo fortaleció. Desesperado, el padre agraviado metió al niño en una canasta y lo tiró al río, para que la corriente lo lanzara lejos y desapareciera de sus vidas; una pareja de ancianos que nunca habían podido tener hijos, vieron la canasta con el niño y se lo llevaron para criarlo como hijo propio. El niño creció fuerte, en contacto con la naturaleza y como era hijo del dios del viento, una simple flecha que lanzara, hacía caer aves y frutos para alimentar a los ancianos. En aquellos tiempos habitaba u terrible gigante en las cercanías de Xochicalco y los habitantes, para mantenerlo alejado, con regularidad le llevaban a un hombre, que nunca regresaba, pues el gigante los devoraba. Uno de tantos días llegó el turno a la casa de los ancianos, debiendo entregar al vigoroso joven que con tanto amor habían criado. El muchacho obedeció y se dirigió en busca del gigante, pero en el camino recogió unos trozos de obsidiana y cuando el gigante se lo tragó, extrajo del morral las piedras y con ellas cortó las entrañas del monstruo, saliendo por un agujero en forma de viento y matando al gigante. El joven héroe subió al cerro para prender una fogata, cuyo humo blanco anunciaría la muerte del gigante; al cerro lo nombraron como “El Tepozteco” en donde se escucha el soplo del viento y con frecuencia se mira aquella nube blanca simulando el humo de la victoria.

Los hermanos estaban emocionados con el relato que el arqueólogo les acababa de hacer, pues nunca habían escuchado esa historia. Una de tantas que enriquecen el imaginario popular.

–Bien, amigo, -continuó Aníbal- ya comimos y descansamos, ahora es tiempo de bajar y salir de esta montaña, pues no es conveniente que nos sorprenda la noche.

Con las mochilas cargadas, ahora pesadas por las monedas que llevaban, los tres amigos emprendieron la marcha. Salir del barranco fue lento y fatigoso, pero una vez en la cima, ya el descenso fue tranquilo y hasta placentero, tan solo de pensar del tesoro que cada uno llevaba en la espalda.

Cansados y hambrientos volvieron a la ciudad. Como Aníbal también vivía en una vieja vecindad del barrio estudiantil, siguió con ellos. Felipe no quiso llegar a su departamento llevando su parte del tesoro, por lo que convinieron ambos con Fernando para que les ayudara a vender cada uno su parte y conservando el tesoro dentro de la misma casa.

–Con todo, gusto, compañeros, moveré mis contactos para conocer el valor de estas piezas y la manera conveniente de irlas vendiendo. No va a ser pronto, pues tendremos que conseguir coleccionistas e inversionistas que viajen a México, para evitar dar explicaciones a las Autoridades Hacendarias.



Así fueron pasando unos meses, Aníbal había mantenido en secreto el hallazgo realizado, tanto en la casa de antigüedades, como en el Tepozteco, pero no podía ocultarlo siempre. Fernando, consciente de que en cuanto el Instituto Nacional conociera de lo que se ocultaba en el fondo de su casa, le sería expropiada, por lo que oportunamente logró hacerse de una propiedad, ya fuera de la Traza original de la ciudad colonial, pero cercana a la Alameda Central, lo que lo mantenía en las cercanías de la zona de importancia.

El trabajo de limpieza, clasificación y colocación en álbumes, fue lenta y laboriosa y mucho ayudaron Felipe y Aníbal, dedicando sus ratos libres a trabajar en ello.

Aníbal, por su parte, preparó una presentación muy profesional para hacer el denuncio del hallazgo; habiéndolo comentado con su director de área, le recomendó que convocara a la Prensa, pues era un descubrimiento de primera calidad y parte fundamental del Proyecto  Templo Mayor.

El evento se llevó a cabo en el auditorio del Museo Nacional de Antropología y Aníbal invitó a sus amigos y cómplices en lo que se iba a anunciar. Por descontado que el mérito profesional y curricular, fue para Aníbal, pero tuvo la delicadeza de mencionar al arqueólogo y anticuario Fernando, propietario del inmueble donde fue localizad la piedra esculpida de la Coyolxauqui y que en ese sitio se habían obtenido los datos que llevaron al hallazgo del Tepozteco, donde se recuperaron valiosas piezas de joyería en oro y de arte lapidario, que se presume formaba parte del famoso tesoro de Moctezuma, perdido durante la huida de los españoles durante la llamada “Noche triste”; tesoro que nunca se ha podido determinar con solidez.

La casa en que se encontró la piedra de la “Mujer desmembrada”, que ya ha sido expropiada, será convertida en museo de sitio, donde se expondrán piezas recuperadas en las excavaciones del Templo Mayor.

Esta historia terminó felizmente, en cuanto al hallazgo, el Instituto agradeció a Aníbal y los hermanos por todo su esfuerzo, la piedra de Coyolxauqui fue extraída y las casas que se encontraban sobre el adoratorio, fueron demolidas para dejar a la  vista las importantes ruinas arqueológicas.

La presentación fue todo un éxito, recibiendo Aníbal múltiples felicitaciones e invitaciones para dictar conferencias en diferentes universidades del país y del extranjero. Esta fama ayudó también a dar un nuevo impulso a la tienda de antigüedades de Fernando y al futuro arquitecto, Felipe, quien elaboraría su tesis profesional sobre la arquitectura colonial y su influencia hasta bien entrado el siglo XX.

Con el dinero de la expropiación y lo logrado con la venta de las monedas, los tres amigos se hicieron de fortuna y el anticuario pudo abrir su negocio en una zona moderna de la Ciudad.



Referencias


Nota. En realidad, la piedra de la Coyolxauqui fue encontrada por personal de la Compañía de Luz en unas obras de ampliación de líneas y ahora está expuesta sobre la zona restaurada del Templo Mayor.

Monolito de Coyolxauhqui

Coloración del monolito original, determinada a partir de rastros químicos de pigmentos.

La gran piedra con forma de escudo se encontró en la base de las escaleras del Templo Mayor en febrero de 1978, mientras la Compañía de Luz y Fuerza del Centro, realizaba excavaciones para el cableado subterráneo, dirigidos por el Ing. Felipe Curcó Bellet. Esta piedra representa a Coyolxauhqui, quien se encuentra descuartizada, con la cabeza, brazos y piernas separados alrededor de su cuerpo. La forma redonda de la piedra, similar a la luna llena, indica que es la diosa lunar. En ella se distinguen pequeñas bolas de plumas de águila en el cabello, un símbolo en forma de campana sobre su mejilla, y una pestaña mexica con el símbolo mexica para determinar el año en su oreja. Como en las imágenes de su madre, se le muestra con unos cráneos atados a su cinturón. Los estudiosos opinan también que la decapitación y el desmembramiento de Coyolxauhqui se refleja en el patrón de los sacrificios rituales de los guerreros. En primer lugar, los corazones de los cautivos eran extraídos del pecho. En seguida eran decapitados y desmembrados. Finalmente, sus cuerpos eran arrojados desde el templo, por las escalinatas de la pirámide, quizás sobre la gran piedra de Coyolxauhqui. (Nota tomada de Wikipedia)

FIN

Sergio A. Amaya Santamaría

Diciembre de 2015 - Noviembre 20 de 2018

Ciudad Juárez, Chih. - Playas de Rosarito, B.C.