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LA CRISTIADA

martes, 21 de julio de 2020

LA CRISTIADA


La Cristiada  


   Un grupo de campesinos platicaba, como todas las tardes y hasta el anochecer, de sus diarios aconteceres y de algunos problemas que eran comunes a los pobladores del rancho. Que si la sequía ya se prolongaba demasiado. Que si la lluvia era mucha, o poca o a destiempo. Que el agua del jagüey ya se estaba agotando. En fin, problemas comunes que a todos preocupaban; la actividad del pueblo era la agricultura de temporal; unos pocos, además, tenían algún hato de cabras; algunos burros y los bueyes necesarios para trabajar las tierras.
   Corría el año de 1926, principios del mes de mayo; apenas tenía dos años en el poder y Plutarco Elías Calles, alias El Turco, hizo una modificación al Artículo 130 de la Constitución expedida en 1917; mediante tal modificación, limitaba las manifestaciones religiosas con el fin de contar con instrumentos más precisos para ejercer los controles que la Constitución determinaban. Esto tenía muy molesto al clero nacional y a los fieles, quienes sumaban esta preocupación a sus diarias tareas.
  –Pos cómo la ven, quesque El Turco quere que los padrecitos ya no digan misa, ─dijio Dámaso Barraza, un hombre de respeto en el rancho─.
   –Pos yo no sé qué haiga molestao al hombre, pos si ellos no queren ir a Misa, pos ellos se lo pierden, ─repuso Natividad Rojas─.
  –Asina mesamamente lo miramos nosotros, pero el gobierno no. ─expresó Tereso Martínez─.
   –Pos por ai cuentan que alguna gente de Guadalajara empieza a hablar de problemas mayores, ─dijo otro vecino─.
   –Pos esperemos al domingo, ─dijo Dámaso─ cuando venga el padrecito a decirnos la Misa, veremos que noticias trai─.
   Con esas preocupaciones, los hombres se empezaron a retirar en cuanto la noche iba cayendo, ya las mujeres tendrían lista la cena con tortillas calientes y unos buenos frijoles con chile y, desde luego, un buen jarro de café de la olla.
    Esta era la vida en esos ranchos perdidos en el llano o las colinas; vidas alejadas del ruido de las grandes ciudades. Dedicados a trabajar y sostener a sus familias; siempre en espera de la Divina Providencia; los gobiernos solo acudían a ellos en tiempo de elecciones, en busca del voto de gente que no sabía leer, haciendo una cruz donde el sonriente visitante les dijera. Esa era la “democracia” que les dejó la Revolución a cambio de las vidas de padres, hermanos y conocidos.

  

Varios meses antes


   El domingo esperado, el padre Benito viajaba de Rincón de Romos, montado en un asno que el rancho El Potrerillo le proporcionaba; llegaba antes de las ocho de la mañana para que le alcanzara el tiempo, ya que también celebraba en Las Rosas y en Escalerillas.
   El año de 1928 estaba resultando muy complicado para la realización de la Eucaristía en las rancherías alejadas de las ciudades. Debían moverse con cautela; las partidas militares podían presentarse en cualquier momento; aunque los propios campesinos pasaban la ubicación de los soldados dos o tres veces por día.
  La mañana era luminosa y fresca por ser temprano; abejorros y mariposas revoloteaban sobre las plantas en floración y al paso del borrico se percibía un aroma fresco y agradable; el viento soplaba en breves ráfagas y formaba remolinos de polvo. Al alcanzar una cuesta de la loma, miró el rancho tendido en el llano. Columnas de humo salían de las casas; las mujeres estarían echando las tortillas para el almuerzo.
   Ya lo esperaba el rancho entero; todos preocupados por las noticias que los arrieros le llevaban. Apresurado como siempre, el padre Benito entró a la sacristía y se revistió; la capilla estaba preparada desde temprano.
   Sentados en el suelo por falta de bancas, las mujeres de un lado y los hombres del otro miraban la espalda del sacerdote, que en palabras e idioma incomprendido por todos, realizaba la celebración. En el momento oportuno, el padre Benito subió al púlpito y dirigió una mirada a su asistencia; poco más de cincuenta hombres y otras tantas mujeres con niños y sintió una honda tristeza al pensar que esas buenas personas se pudieran ver envueltas en problemas que atacaban sus creencias. Se aclaró la garganta y se dispuso a decir su sermón.

–Hijos míos, que Nuestro Señor ha puesto en mis imperfectas manos para guiaros en el camino de la fe. La Palabra que Cristo Jesús nos ha enviado en este día, como de forma providencial, nos habla de la obligación de
[…]…dar a Dios lo que es de Dios y dar al César lo que sea del César. […]
 Desde luego que esta es Palabra de Dios y debe ser respetada; pero hay hombres malvados que pretenden arrebatarnos la fe y la oportunidad de ser guiados en ella por los sacerdotes consagrados a esa importante labor. Desde el anterior gobernante, Álvaro Obregón emitió una Ley que limita las actividades de los sacerdotes; inclusive se piensa en suprimir la participación de las iglesias en la vida pública. Pero por si esto no fuera suficiente y dadas algunas de las características de dicha Ley, en algunos Estados se quiere obligar a que los sacerdotes sean casados y se prohíbe la existencia de las comunidades religiosas; sin tomar en cuenta la labor humanitaria que dichas comunidades realizan; además, limitan el culto religioso a las iglesias y prohíben el uso de los hábitos fuera de los recintos religiosos… ─El sacerdote hizo un prolongado silencio, observando a su grey y el efecto que sus palabras hubieran causado. Los asistentes al servicio se miraban unos a otros y se comentaban algunas palabras en voz baja… El sacerdote continuó─: Pero hubo aún casos de mayor gravedad, con el asunto en Tabasco, donde el Gobernador, Tomás Garrido Canabal, decretó normas que iban más lejos; lo que obliga a que los sacerdotes sean casados para poder oficiar en los templos. El gobierno de Chihuahua pretende limitar a un mínimo, el número de sacerdotes. El nuevo Gobierno, que encabeza el general Calles, está endureciendo la Ley; por tales motivos, nuestros Obispos están llamando a la resistencia civil: No comprar gasolina; no adquirir productos elaborados por empresas del gobierno; no comprar billetes de lotería. Si todos aceptamos realizar esas acciones, podemos causarle serios problemas económicos al gobierno, a fin de obligarlo a dar marcha atrás…”

   Una voz se escuchó en el recinto, lo que hizo que todos voltearan para tratar de saber de dónde provenía la voz.
  –Con el perdón de asté, padrecito, pero nosotros no mercamos la dicha gasolín; pos nuestros bueyes solo comen pastura y, pos tampoco mercamos mucho, pos semos probes; comemos lo que nos da nuestro Padre Dios en el campo y unos cuantos trapos de manta pa hacernos calzones y camisas. Ya ni se diga la mentada lotería, pos quen sabe que será eso…
   –Tienes razón, Melquiades, –dijo el sacerdote luego de escucharlo– ustedes mismos poco podrán hacer en ese sentido; más bien va dirigido a quienes viven en las ciudades. No obstante, ustedes deberán estar pendientes por si las cosas empeoraran; por ahora no puedo decirles más.
   Cuando terminó el servicio religioso, el padre Benito fue conducido a la casa donde ese día le ofrecerían el desayuno; obligación que pasaba de casa en casa para que todos pudieran ofrecer su hospitalidad al sacerdote.
   En la casa que fue recibido, rodeado por los familiares y vecinos, amplió sus explicaciones acerca de lo que ocurría; creciendo la inquietud de los pacíficos vecinos, que siempre se habían mostrado dóciles con los gobiernos posteriores a la Revolución; con todo y no saber quién peleaba contra quién y qué buscaban; en los ranchos alejados sólo llegaban las partidas a robar ganado, caballos y gallinas; a más de las inquietantes levas que todos los bandos realizaban para aumentar sus fuerzas.


Antecedentes


   Luego de la sangría dejada por las luchas revolucionarias, las rancherías empezaron a recuperarse. A voltear las tierras para nuevas siembras; a contratar brazos que hicieran el trabajo de tantos hombres perdidos en las luchas enfrentadas. Familias enteras se empezaban a recomponer. Mujeres viudas arribaban a las rancherías, llevado consigo a los huérfanos de la Revolución.
   Más de una se unió a hombres solos que requerían la asistencia de mujeres y niños que ayudaran en la reconstrucción. No fue fácil levantar lo destruido por la guerra; con paciencia y tesón lo fueron logrando; mirando con temor y desconfianza a los diferentes gobiernos que se fueron conformando en esos pocos años. Hasta 1917, cuando Carranza encabezó la promulgación de la Constitución; que aunque contenía artículos antirreligiosos, no fueron ejercidos de forma abierta. Sería, hasta después de 1920, con la ascensión e la Presidencia de Álvaro Obregón, cuando se empezaron a endurecer las relaciones Estado-Iglesia.
   En 1924, Plutarco Elías Calles llega a la Presidencia y en 1926 aplica las Leyes contenidas en la Constitución del ’17. Dan comienzo las protestas del Episcopado que no son escuchadas por el Gobierno. Se forma la Liga para la Defensa de la Libertad de Cultos, formada por grupos extremistas, que empiezan a inquietar; primero en las ciudades y luego en el campo, a los creyentes mexicanos.
En enero de 1927 empieza el acopio de armas, se levantan voces de sacerdotes inconformes con la pasividad mostrada por el Episcopado y empiezan algunos levantamientos; como el encabezado por el padre Aristeo Pedroza, que se pone al frente de un contingente en los Altos de Jalisco; así también en la zona de Tequila, Jalisco se levanta el padre Toribio Romo.
   Con estos antecedentes se fueron levantando los Estados del Centro del país: Guanajuato, Michoacán, parte de Querétaro; Jalisco en la parte centro y sur; Zacatecas, Colima y Nayarit. El norte, tal vez influenciado por su cercanía con los Estados Unidos y su fuerte economía, no respondió al llamado. El sur de México, sumido en su eterna pobreza, tenía más necesidad de ayuda, que recursos para luchar contra el gobierno.
   En junio de 1926 se publica la llamada “Ley Calles” que penaliza ejercer actos de culto sin ser de nacionalidad mexicana; enseñar religión en la escuela primaria aunque sea escuela particular; que un ministro de culto abra escuela o enseñe en ella; establecer escuelas primarias particulares no sujetas a vigilancia oficial; comentarios de asuntos políticos hechos por prensa religiosa; realizar actos religiosos fuera de los templos, usar fuera de los templos sotana o hábito religioso; entre otros.


Rancho El Potrerillo


   El Padre Benito Martínez llegó a El Potrerillo un sábado; montado en un caballo alazán, prestado por un vecino de la parroquia de Rincón de Romos. Arribó ya pardeando la tarde. Como siempre, en el centro del rancho, debajo de un mezquite, se encontraban los hombres del pueblo; que, al ver llegar al sacerdote, se levantaron y fueron a su encuentro. Alguien tomó del ronzal al caballo, en tanto el sacerdote desmontaba. Iba vestido en forma corriente, no llevaba la sotana. Luego de beber un buen trago de agua de un bule que le acercaron, el Cura les dijo la razón de su visita.
   –Hijos míos, como pueden ver, ahora no vengo vestido como sacerdote; ya las Leyes nos lo tienen prohibido y si nos sorprenden vestidos con sotana fuera del templo, nos llevan a la cárcel.
   –La razón de mi visita, –dijo ante la expectativa de sus oyentes– es que está próximo el cierre de todas las iglesias y capillas; esto lo ha decidido el Episcopado como protesta ente el endurecimiento de las leyes anticlericales. Desde luego que no todos los sacerdotes estamos de acuerdo; en la Ciudad de México ya se ha formado una Liga de creyentes que se oponen a dichas leyes. Me doy cuenta de que ustedes son gente pacífica; pero ante todo, son fieles seguidores de Nuestro Señor Jesucristo y estarán dispuestos a defender su fe y su derecho a expresarla. ¿Estoy en lo cierto?
   –Pos desde luego que sí, padrecito, –respondieron casi a una sola voz– ¡naiden nos puede impedir que créamos en Nuestro Señor! ¡No, mesmamente que no! Faltaba más…
   –Muy bien, si están dispuestos a defender la causa de Jesucristo, no pondrán reparo en acompañarme a los ranchos en donde celebro cada domingo. Nos iremos mañana, antes de que salga el sol; solo vendrán los hombres más fuertes; los muchachos, los viejos y las mujeres se queden a cuidar y levantar las cosechas. Traigan las armas que tengan, pistolas, carabinas, parque, lo que tengan. Iremos a Las Rosas y Escalerillas. En alguna parte nos podemos hacer de caballos y de armas; ya que seamos un buen número, trataremos de sorprender a los soldados de Rincón de Romos; ya tenemos hablados a pobladores de ese lugar. También habrá que cuidarse de algunos hacendados ricos, a los que les dieron tierras luego de la Revolución; ellos están de parte del Gobierno. Pidan a las mujeres que les hagan buenos itacates, sólo Dios sabe dónde podremos obtener comida. Llenen sus bules de agua; la caminata será larga. Por esta noche les pido me hagan la caridad de un taco para cenar y un lugar dónde poder dormir; ah, y que atiendan al caballo.
   –No se dispriocupe, padrecito, en mi humilde casa puede cenar con nosotros; onque solo sean frijolitos con chile y café de la olla y del caballo, yo mesmo me encargo.
   Todos, convencidos de las palabras del cura, se fueron retirando a sus jacales; comentando entre ellos lo que podrán llevar, animados ante la posibilidad de defender su religión.
   –Esto ha de ser culpa de los mentaos masones, –dijo alguno─.
   –O de los mesmos gringos, que son protestantes. No, si les digo, estos endinos siempre están listos pa echarse encima de nosotros.
   –¡Faltaba más!, –dijo otro.
   –Pos yo voy a buscar a mi compadre Dámaso, –dijo uno– ya debe de haber llegao, pos se jue al potrero a buscar a sus bueyes.
   Así diciendo, el grupo se fue adelgazando, en la medida que iban llegando a sus casas. El último fue el compadre de Dámaso, ya que éste vivía en las orillas del rancho.
   –Buenas noches, compadre, –saludó al llegar a la puerta de la casa– pos le traigo noticias.
   –Pos usté dirá, compadre, pero pásele pa dentro, pa que se tome un jarro de café. Mira vieja, –dijo a su esposa que se encontraba de espaldas, hincada ante el fogón– es el compadre, anda, sírvenos un cafecito pa palabriar a gusto.
  –Pos mire compadre, –empezó a contarle– hace unas horas llegó al rancho el Padre Benito… (le relata lo dicho por el sacerdote) Mañana, antes del amanecer nos juntaremos en el mezquite pa irnos con el Padrecito, debemos llevar cualquier arma que téngamos; llevar agua y comida; pos vamos a caminar hasta Escalerillas y luego pal Rincón de Romos.
   –Pos no se hable más, compadre, yo no tengo más que mi escopeta güilotera, pero me la llevaré, onque sea pa’cer ruido. Nos vemos pronto.

   A las cuatro de la mañana ya había algunos vecinos calentándose en una fogata. Poco a poco iban apareciendo otros, como fantasmas salidos de las sombras; gente que portaba escopetas, machetes y hasta aperos de labranza. El Padre Benito llegó al grupo a las cinco de la mañana, llevando el caballo por el ronzal; ya para entonces se habían juntado todos los hombres disponibles– unos cuarenta, envueltos en sus sarapes y con los sombreros bien calados.
   –Pos ya estamos todos, Padrecito, –dijo Dámaso Barraza, que parecía comandar el grupo.
   –Muy bien hijos, –dijo el sacerdote, extrayendo del morral una estola bendita. Se quitó el sombrero y el sarape y se colocó la estola– Ya que no podemos celebrar la Santa Misa, pongámonos de rodillas, demos gracias a Dios y pidamos la bendición y guía de Jesucristo y el Espíritu Santo.
   Todos se quitaron los sombreros y se pusieron de rodillas; en tanto el sacerdote leía algunas oraciones en latín, incomprensible para los hombres. Al terminar la lectura, impartió la bendición a todos; se santiguaron y se pusieron de pie. Sin montar en el caballo, el sacerdote abrió la marcha, en seguida iba Dámaso y detrás de ellos el resto de los campesinos.
  –¿Hay alguna noticia de los militares? –preguntó el sacerdote.
  –Parece que andan retiraos, –dijo Dámaso– los muchachos no han reportado nada.
  Natividad Rojas y Tereso Martínez, buenos amigos de Dámaso, caminaban detrás de él, como cuidándole la espalda. Platicaban entre ellos.
   –Pos cómo ves, Nati, –decía Tereso– yo no sé en qué vaya a parar esto, pero si nos pidieron que lleváramos armas, es que va’ver pleito. Yo espero que no nos encuéntrenos a los de la Partida, pos si nos echan bala, nos acaban.
   Al salir el sol, el grupo de hombres había recorrido unos cuatro kilómetros, el señor Cura ordenó descansar y se formaron grupos haciendo lumbre para calentar los tacos mandados por sus mujeres; al propio Padre Martínez le habían preparado uno, pero esa era una comida igual para todos. El Padre Benito hizo la oración de Gracias; comentando que estaban como los primeros cristianos, que comían todos de los alimentos de todos y lo hacían en comunión, como sucedía ahora.
   Luego de almorzar, algunos se echaron a dormir un poco y otros rodearon al sacerdote y a Dámaso, para enterarse de lo que irían a hacer.
   –Ahora verán, –les dijo el sacerdote–  el día de ayer, Luis Román prohibió el paso de la Santa Cruz por las calles de Rincón de Romos, pero el señor Cura Richkarday siguió celebrando las fiestas del Señor de las Angustias; pero tiene miedo de que lo vayan a matar y parece que se va a ir a otra parte. Todo esto lo hemos estado viendo algunos Curas, pero no nos dejan ni acercar al templo; si se va el señor Cura, se dice que dejarán dos encargados, tal vez sean don Nicho Vázquez y don Apolonio Muñoz y si pasa lo que se rumora que sucederá, ellos tendrán que cerrar la iglesia.
   –Pero eso no es justo, –dijo alguien– nosotros tenemos el derecho de poder entrar a la iglesia y  si no lo podemos hacer, ¿onde vamos a ir?
  –Tienes razón, hijo, –respondió el sacerdote– yo les recomiendo hacer oración en sus casas; rezar el Santo Rosario y pedirle a Dios que pronto termine este conflicto. Pero bueno, basta de plática; tenemos que seguir caminando para llegar a Las Rosas a buena hora, hablar con los hombre y seguir a Escalerillas.
   La columna se puso otra vez en movimiento; el caminar era lento y por delante se habían enviado exploradores, para estar seguros de que no se encontrarían con la Partida Militar; por lo que, de tanto en tanto, tenían que detenerse a esperar el aviso de los exploradores. Como buenos conocedores del monte; siempre siguiendo a Dámaso, caminaban fuera del camino real, con el fin de minimizar algún encuentro inconveniente.
   Cuando se encontraban con alguna pequeña ranchería, el sacerdote explicaba a los moradores la razón de su marcha; algunos se sumaron a la columna y ésta se estiró un poco más; lo único que no encontraron fueron caballos; eran familias muy pobres; campesinos de temporal, que mal sacaban para su autoconsumo.
   Ya con el sol alto, se detuvieron en la cima de una loma a descansar; beber algo de agua y comer lo que llevaran. Todavía deberían atravesar un llano extenso y al pie de una serranía que azulaba en la lejanía, se encontraba el rancho Las Rosas. El Padre Benito pensaba que era el recorrido que hacía cada domingo, llevando la Palabra de Dios a esa pobre gente, tan alejada de la ciudad; claro que montado en el asno, que tenía buen paso, llegaba a medio día; celebraba la Santa Misa, comía un taco y seguía adelante para llegar a Escalerillas a media tarde. El Oficio era en las primeras horas de la noche, al terminar lo invitaban a cenar y a dormir en alguna casa.


Rancho Las Rosas


   La columna se puso en movimiento, al bajar la loma se encontraron en un llano reseco y duro; donde solo crecían huizaches y nopales raquíticos. Aún para los hombres del campo, acostumbraos a caminar; el día había sido fatigoso; el caballo del Padre Benito iba catardeciendo llegaron a Las Rosas; como desde temprano alguien los había visto, ya el rancho los esperaba; temerosos de que llevaran malas noticias, lo que pudieron confirmar en cuanto el sacerdote les relató los acontecimientos. Al conocer la noticia, uno de ellos le relató al Padre Benito la noticia llegada hacía unos cuanto días, por medio de un arriero que venía de Zacatecas.
   –Pos asegún cuenta el arriero, –empezó el relato– un don Pedro Quintanar llegó a Valparaíso, onde ya estaban aprevenidos un Aurelio Acevedo y sus amigos. Se realizó una movilización en Peñitas y Peñas Blancas y hace unos días se enfrentaron a los Federales, ganó el Quintana y todos gritaron triunfantes: ¡Viva Cristo Rey!
   –Bueno, eso les confirma lo que yo les digo, –repuso Benito– ahora vamos rumbo a Escalerillas, si contamos con ustedes y con ellos, ya tenemos manera de intentar tomar el cuartel de los Federales en Rincón de Romos. No tenemos más armas que las que ustedes mismos tengan en sus casas; pero tenemos la protección de Nuestro Señor Jesucristo, que verá que pelamos por su causa. Yo propongo que para identificarnos, peguen en sus sombreros una imagen de Nuestro Señor o de la Virgen de Guadalupe y seremos los Cristeros.
  Todos los reunidos gritaron ¡vivas! Y lanzaron sus sombreros al aire; estaban jubilosos y con deseos de recuperar su libertad de creencias. Esa noche fue de poco dormir; los habitantes de Las Rosas preparaban sus bultos y limpiaban sus escopetas, los que la tenían. Unos pocos poseían pistolas 38 súper y algo de parque. Uno de los afortunados que tenía dos pistolas, le dio una a Dámaso Barraza; a quien desde entonces le decían “Coronel”, y fue el encargado de dirigirlos, ya que era un viejo conocido en la región.

  

Escalerillas


   El rancho Escalerillas no estaba muy retirado de Las Rosas, por lo que antes de anochecer ya se encontraban reunidos con sus pocos habitantes. Todos estuvieron de acuerdo; por lo que se pusieron en movimiento esa misma tarde, para intentar llegar de madrugada y sorprender a los soldados. Fatigados pero ansiosos de entrar en acción llegaron a Rincón de Romos cerca de las cuatro de la madrugada. Encabezados por Dámaso, los que llevaban pistolas y escopetas, se situaron por delante; el resto venía comandado por el Padre Benito. Los guardias del cuartelillo dormían a pierna suelta, por lo que los asaltantes no tuvieron ningún problema en someterlos; les quitaron las armas y los ataron y amordazaron, encerrándolos en un cuarto; dejando a dos hombres de vigilancia. Luego avanzaron a los dormitorios, no eran más de 25  soldados y dos tenientes; quienes fueron sorprendidos cuando abrieron la puerta de golpe.
   Cuando al fin se dieron cuenta de lo que ocurría, ya estaban sometidos; sin pantalones fueron formados en el patio del cuartelillo, en tanto que los hombres del Padre Benito se apoderaban de los caballos; de pastura y de sillas de montar, albardones reglamentarios, pero servirían. Otro grupo de hombres encabezados por Natividad Rojas y Tereso Martínez, penetraron en la armería; llevándose todas las armas y el parque en un remolque jalado por mulas. Cuando salió el sol, los vecinos se sorprendieron de no haber escuchado el toque de Diana de todos los días. Los policías del pueblo, no más de seis, se unieron a los cristeros, llevándose sus armas de cargo y su respectivo parque.
   Así fue el inicio de la Cristiada en Aguascalientes. Otros habitantes del Rincón se fueron uniendo; así como otros, venidos de los ranchos cercanos; algunos del Estado de Zacatecas. Llegaban con caballos y armas, logrando reunir un buen contingente. Se les conoció como la gente del Padre Benito y tuvieron la oportunidad de participar en batallas más formales; en alguna oportunidad a las órdenes del general Enrique Gorostieta, comandante en jefe de los cristeros.

   Pasaron los tiempos de guerra; los templos reabrieron sus puertas y todo volvió a una aparente normalidad, aunque al no ser derogadas las Leyes, siguieron pendientes de aplicarse en cualquier momento. Hubo muchos muertos; algunos sobrevivientes volvieron al lado de sus familias, a seguir trabajando la tierra para sobrevivir; pero asistiendo a las misas dominicales, ya no oficiadas por el Padre Benito, que no se sabe si fue fusilado en Guadalajara u obligado a retirarse a algún convento; para alejarlo de las venganzas que se cernían sobre los religiosos participantes; de cualquier forma, se guardaba buen recuerdo del valiente sacerdote.
   Dámaso Barraza, regresó a su casa y vivió muchos años. Su compadre murió en alguna batalla. Natividad volvió al rancho; aunque había perdido una pierna, luego de una herida de bala mal cuidada. Tereso también volvió, aunque con una bala en una pierna, por lo que le quedó una cojera de por vida. Los tres sobrevivientes se sentaban bajo el mezquite y noche a noche contaban sus historias a los jóvenes; quienes los escuchaban, unos con atención y otros pensando que eran “charras”, como le dicen a historias fantasiosas.
   Lo cierto es que la Revolución les dejó el cacicazgo del Grupo Sonora, que lo componían De la Huerta y Calles, ya era difunto Álvaro Obregón. El turco Calles se erigió en Jefe Máximo y gobernó tras las cortinas durante varios cuatrienios, hasta la llegada de Cárdenas, que tuvo la valentía de manarlo al exilio para poder gobernar con libertad. Modificó la Constitución para tener mandatos presidenciales de seis años y llevó a cabo la Expropiación Petrolera. También realizó un enérgico reparto agrario. Deberán pasar muchos años para que la historia lo juzgue; por lo pronto, los campesinos, supuestos beneficiarios de estas medidas, no han quedado satisfechos, por la mala calidad de tierras que a algunos les tocó; mirando como a gente influyente y amigos, les dotaron de buenos terrenos.

 

FIN


Sergio A. Amaya Santamaría
Agosto 9 de 2017
Julio 14 de 2019
Puerto Nuevo, Rosarito, B. C.