miércoles, 16 de febrero de 2011

RECUERDOS


Una noche serena, mirando hacia la playa de Caleta y mas allá, hacia el océano inito, mirando aquel barco que a poco se perdía en el horizonte, vinieron a mi mente recuerdos de otros tiempos. No hubo una asociación de ideas, a no ser que la soledad fuese el catalizador. Me encontraba entonces en un sitio totalmente distinto, en Zacatecas, en el semidesierto mexicano, pero era el mismo cielo y las mismas estrellas y la vista se perdía en la distancia, aquellos lejanos cerros, que de tan lejos se miraban azules, perdidos tras los cactos y los polvos del desierto.
Esa noche estaba solo, mis seres amados distantes en la geografía. Era mi trabajo y no había mas qué hacer. Mentalmente, miraba las estrellas y evocaba a mi amada, pensando que tal vez estuviese mirando la misma estrella. Los sonidos del silencio en el desierto, son distintos de los ruidos urbanos: El correr del viento entre las nopaleras, el ulular de la lechuza o el aullido del coyote a lo lejos; el aletear de los murciélagos que hambrientos vuelan a llenarse de tunas y garambullos. Tanta vida nocturna que tiene el desierto y que de día duermen, resguardados del ardiente sol que les calcina.

En mi mente solitaria escuchaba los sonidos de una sinfonía de Beethoven, quien tal vez, en su sordera hubiese escrito una bella obra al silencio del desierto. Pintores notables han plasmado en lienzos la belleza del desierto diurno, pero solamente la mano de Dios ha podido pintar la belleza nocturna de esos páramos. El viento, silbando entre los matorrales, interpreta una sinfonía divina y los seres de la noche hacen los coros.

La luz de la fogata que me acompaña, realiza un ballet alucinante, bailando, girando y cantando con frenética alegría, animada por los vientos nocturnos. Insectos curiosos revolotean alrededor de las flamas y, mas lejos, algunas luciérnagas de luz intermitente, anuncian jubilosas su disposición a prolongar la especie.

Cuando al fin, cansado de las fatigas del día y recorridos en mi mente esos seres amados que están en la distancia, entonces cierro los ojos y el sueño me lleva a esos lugares oníricos que el espíritu recorre presuroso, para convertir un instante en tiempo inmensurable. O tal vez nos acerquen a besar tiernamente a esos seres queridos, a desearles la paz y el descanso del día. Dejarles en un beso el recuerdo del amor y la presencia del ausente.

Esos son los laberintos de la mente, que nos llevan, sin apenas darnos cuenta, a viajar en el tiempo y el espacio. Nos revive imágenes como en el cinematógrafo, nos trae olores y sonidos guardados en la memoria y nos hace revivir momentos idos. Ese es el tintero donde el escritor carga su pluma para compartir su vida.


Sergio A. Amaya Santamaría
Enero 19 de 2011.
Ciudad Juárez, Chih.

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