martes, 20 de enero de 2009

BREVE REFLEXION SOBRE LA MUERTE

23-11-88
Irapuato, Gto.


¿Quien no ha pensado alguna vez en la muerte?. Ese paso inevitable que marca el final de nuestras vidas; cuando menos como nosotros la conocemos. Punto de reposo, punto de alivio, momento sin retorno, suma de aciertos y errores; momento oportuno para el discurso apologético, no siempre merecido. Ocasión ad hoc para el comentario anecdótico, tal vez chusco, como queriendo soslayar la seriedad del momento. Horas de llanto, más por la soledad en que quedamos, que por el desconocido paradero del alma del difunto.

Llegados a este punto, la humanidad ha pasado por diversos estadios de creencia o de fe, pero nunca ha dejado de sentir temor por este trance, aunque algunas culturas lo tomen a la broma. Todas los pueblos, sin embargo, han tenido buen cuidado de disponer las exequias de tal forma que le brindemos los medios de ayuda en el más allá al alma que inicia el inevitable periplo.

Cuando el hombre vivía en cavernas, suponemos que sin un concepto definido de deidad, sino evaluando de forma objetiva lo bueno: sol, calor, lluvia, caza, etc.; de lo malo: relámpago, rayo, obscuridad, etc. No teniendo aún el concepto abstracto de Dios, de bondad o maldad, sino el simple instinto de supervivencia. Sí tenía para sus muertos una consideración diferente que la que se daba a los animales; es decir, de alguna forma los protegía de la rapiña de las aves carroñeras, ya fuese con piedras amontonadas para cubrir el cuerpo o en pequeñas fosas excavadas ex profeso, pero invariablemente siempre procuraron colocarlos en posición fetal o sentados; es probable que esta postura estuviese relacionada con la posición dentro del seno materno, siendo una forma de reconocer a la “madre tierra”. Otra peculiaridad es que, en la mayoría de los casos, el cadáver se colocaba de cara al poniente, hacia donde se pone el sol; es decir, donde muere el sol cada día, quizá con la esperanza no declarada de que el difunto resucite igual que ocurre con el sol. Desde luego, no faltaban en el entierro las armas o herramientas necesarias para la posterior subsistencia.

Con la culturización de los pueblos, el concepto de la muerte también fue evolucionando. Aparecen en el norte de Europa los “dólmenes” y “menhires”, elementos megalíticos colocados por el hombre con un objetivo religioso. También el concepto de la muerte ha evolucionado. Ya no se sepulta el cuerpo del difunto en contacto directo con el terreno, sino que se le envuelve en pieles, tal vez con la idea de preservar el cuerpo para el más allá.

En épocas más recientes, en el Egipto faraónico, se llegó al máximo de tratamiento a los difuntos, existiendo una casa, la casa de los muertos, donde se seguía un procedimiento lento y complicado para lograr la momificación de los cadáveres, los cuales eran, al final del proceso, envueltos en bandas de tela, intercalando esencias aromáticas, hasta lograr lo que hoy conocemos como momia, la cual era depositada en un ataúd que finalmente era colocado en las grandes pirámides, cuando se trataba de los faraones, acompañado de sus objetos personales, alimentos y personal de su servicio más próximo, mismos que le servirían en la otra vida. Las personas comunes, eran sepultadas en las mastabas, que las había de diferentes categorías, según el rango del difunto. Así se formaron las grandes necrópolis. La finalidad de todo este rito era el preparar el cuerpo para su llegada al más allá. Aquí ya hay un gran sentido místico y religioso, pues se pensaba en una vida auténtica después del paso por este mundo. No era solo en sentido espiritual, sino que pensaban que el cuerpo iba a ser reanimado posteriormente.

En fin, podríamos seguir buscando en las diversas civilizaciones de la historia y siempre encontraremos esa preocupación por el más allá. El hombre intuye que hay una forma de vida después de la muerte y a través de los tiempos han quedado registros de comunicaciones entre ambos mundos. En la antigüedad, los adivinos o pitonisas eran los medios para lograr tal comunicación en 1 Samuel 28:3,25, se nos narra una comunicación entre Saúl, vivo y Samuel, recién muerto. Aunque en Lev. 19:31 y Lev. 20:27, Dios mismo ordena al hombre cuidarse de no buscar este tipo de manifestaciones.

En la actualidad y por si acaso, rendimos culto a los muertos, elevando preces por el eterno descanso de sus almas, confiados, dentro del esquema cristiano, que los muertos resucitarán a la vida eterna cuando vuelva Jesús a juzgar a vivos y muertos. No obstante, la incertidumbre prevalece. El cuerpo físico se desintegra o más bien se reintegra a la tierra. El cuerpo espiritual, ese que es semejante a Dios, prevalece y queda en espera del juicio final. Pero, en tanto, ¿será posible comunicarse con ellos?; los muertos, en alguna forma ¿pueden comunicarse con los vivos?. Cualquiera que fuese la respuesta, es alentador pensar que la muerte en realidad es el paso a la vida cerca de la Divinidad. Visto de esa forma, ya no es tan doloroso el ver morir a nuestros seres queridos, pues ellos finalmente estarán mejor que nosotros. Más bien, lloremos por nosotros mismos, pues además de la soledad, nos quedaremos un tiempo más en este llamado “valle de lágrimas”.


Sergio Amaya S.
Junio 02 de 1998
Acapulco, Gro.

NOTA.- El lapso de tiempo de diez años que marca el inicio y el final de esta reflexión, está señalado por mi conversión al Catolicismo. Cabe aclarar que no tenía ninguna preferencia por religión alguna, mas bien buscaba entre las diversas ideas y finalmente encontré lo que buscaba en el seno de la Iglesia Católica. Cristo es Uno e indivisible, pero los hombres buscamos las ideas mas acordes a nosotros mismos para reconocerlo, todos los cristianos aceptamos que Cristo Jesús vendrá a juzgar a vivos y muertos y en ello se finca nuestra fe y esperanza.

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