miércoles, 2 de julio de 2008

LA RECOMPENSA

Al fin ha dejado de llover. Hemos tenido un día de perros. ¿por qué será esta expresión?, no lo entiendo. Llovió durante dos días y sus noches y yo sin poder salir. Tengo hambre y aprovecharé que ha escampado el tiempo.

Nuestro amigo sale a la calle, las cuales están convertidas en auténticos arroyos y se dificulta el paso por las banquetas. Camina presuroso, junto a la pared para evitar ser bañado por los vehículos que pasan sobre los charcos.

En realidad su vida ha sido difícil. Tiene parientes ricos, pero él es un paria. Por parte de su madre desciende de familia humilde. En cambio su padre: ¡Habrá que ver la casa en que vive!. Su concepción fue solo un momento de pasión. No tendría que haber sido así, pero fue un descuido.

Desde luego que la familia paterna no sabe de su existencia, de cualquier manera no lo aceptarían. Su madre en cambio, solo lo atendió unos días, después, simplemente se fue; tal vez porque lo vio débil. No lo sé, pero desde ese momento, nuestro amigo vivió, o sería mejor decir sobrevivió por la Gracia de Dios y la caridad humana, que nunca falta. Unos días aquí, otros allá, hasta que una buena familia se condolió de nuestro amigo y lo adoptaron.

Era un matrimonio solo, sin hijos, pero ya en edad avanzada. El hombre vendía frutas picadas, aderezadas con chile y limón, las cuales transportaba en un viejo carromato de mano. La mujer por las noches sacaba un anafre a la puerta de su humilde morada, en la banqueta y vendía sopes y tostadas. Eran una buena pareja, tenían más de cincuenta años de matrimonio y aún daban gracias a Dios por haberse encontrado.

Así que nuestro amigo llegó como una buena compañía para los viejos. Por la mañana se iba con el hombre, caminando al lado del carro de mano conducido por el viejo. Por las noches, el viejo y nuestro amigo se sentaban cerca de la anciana y ambos la miraban trabajar, con amor y agradecimiento.

Fueron años felices para nuestro amigo. No pasaba frío, comía todos los días, aunque fuese con frugalidad, y le daban cariño.

Pero solo Dios es eterno. Su Creación tuvo un principio y tendrá un final. Así es la vida, breve y finita. Un día aciago, el viejo murió. El cuerpo se veló en su humilde habitación. Asistieron unos pocos vecinos. Nuestro amigo estaba triste, como presintiendo el porvenir.

La noble mujer, como fiel compañera, en pocas semanas fue a seguir a su amado esposo. Nuestro amigo volvió a quedar solo. No obstante, los años con los viejos lo fortalecieron. Ya tenía suficiente edad para enfrentar la vida.

En cierta ocasión, cuando el hambre apretaba, se acercó a un puesto de tacos y lo único que consiguió fue una brutal patada en una pierna. Dicha agresión le dejó una leve cojera y miedo y recelo por los desconocidos.

Evitando los charcos, nuestro amigo se llegó al mercado, esperando hallar algo entre los desperdicios. Pero ¡he aquí!, justicia divina; el taquero de marras, deshonesto y criminal, extraía de entre los desperdicios, una pieza de res medio descompuesta, seguramente para venderla en tacos.

Nuestro amigo, recordando la agresión sufrida, se lanzó resuelto sobre el rufián y dándole una sabrosa mordida en un glúteo, se apoderó de la carne y huyó, ante los gritos de dolor del taquero.


Sergio Amaya S.
Agosto 08/98
Celaya, Gto.

BUBU LABU

He sido muy afortunado, Dios me ha bendecido con la facilidad para hacer reír a los hombres; desde luego que también a las mujeres, a los niños y niñas y hasta a los ancianitos, ellos que tanta necesidad tienen de reír, porque con el paso de los años como que se va acabando el sentido del humor. Al igual que otros sentidos. A través de mi vida, he constatado que el lenguaje del alma es la risa. Si vieran cuanta satisfacción siento al ver la sonrisa de los niños cuando me paro frente a ellos, con mis grandes orejas; unos ojos grandes y expresivos enmarcados por un par de bonitas cejas que sonríen al revés. Mi nariz, que curiosamente no es roja cual cereza, sino de un ligero amarillo rojizo, como un tierno durazno. Y mi boca, ¡una eterna sonrisa azul cielo!

Yo creo que el alma es de color azul cielo, y como al cielo las tormentas ensombrece, así en el alma, las tristezas y rencores ensombrecen el alma; mucho más éstos que aquellas, pues la tristeza suele ser pasajera, pero el rencor se hace más profundo a medida que pasa el tiempo.

Decía pues, cuando me ven los niños, con sus almitas blancas, sus ojitos se llenan de asombro y, solo de verme, sonríen y sus sonrisas alimentan sus almas y enriquecen la mía.

Yo no recuerdo en vida un solo día de tristeza, pues aunque hubiese carencias materiales, que las hubo y grandes, era suficiente para mi saber que Dios me daba un día más de vida para disfrutar Su Creación; y veía reír a Dios en los rayos del sol, en el rumor del arroyo, en el trino de las aves, en el croar de las ranas, en las risas de los niños y hasta en el chispeante saltar de los chapulines.

Viendo estas maravillas me decía: ¡Cuanto nos quiere Dios!, que nos alimenta el alma con sus maravillas.

¿Has disfrutado tú, amigo mío, del brincar en los charcos que ha dejado la lluvia?. ¿Has caminado descalzo en la fresca hierva, húmeda de rocío?. Es la sonrisa que Dios nos da, a nosotros, Sus hijos.

¿Me preguntas mi nombre?…. ¡Bubu Labu!. ¿Se te hace raro?; más bien es chistoso, pues es la onomatopeya de los niñitos antes de saber hablar. ¿Escuchas balbucear a tu pequeño?, pues me está hablando. Como los niños tienen un alma pura, me llaman y me ven y yo les sonrío y comparto con ellos la alegría de ser y estar.

No me busques en un circo o en una plaza pública, búscame dentro de ti y si alguna pena o tristeza te nubla el alma y no logras hallarme en los rincones de tu alma, búscame en un niño y pídele que te sonría. Cuando sientas su sonrisa, entonces me verás y se disiparán tus penas. ¡Hasta luego hermanitos!

Sergio Amaya S.
Agosto de 1998
Celaya, Gto.

REFLEXIONES

Hijos míos, yo no sé si será por los años que he cumplido, pero ahora, más que nunca, me pongo a pensar en mi vida; cómo la he vivido, lo que he hecho. Lo que he anhelado y lo que he logrado. He vivido intensamente cada día de mi vida, lo he vivido con alegría y estoy seguro de que al llegar la noche me he ido a la cama sabiendo un poco más de algo. Tal vez cosas sin importancia, quizás algunas importantes, pero todas necesarias en mi formación.

Cuando me veo en el espejo cada mañana, encuentro un rostro diferente; tal vez una arruga más, o algunas canas que no había notado; pero también veo un rostro satisfecho, deseoso de iniciar el nuevo día para emprender nuevas batallas. Los veo a ustedes, como secuela de mi actuar, con mis errores, pero también con nuestros aciertos y me sigo viendo satisfecho. Yo sé muy bien que faltó una parte muy importante de mí en su formación, pues no estuvo la presencia física al cien por cien, una gran parte del mérito del ser de ustedes se lo deben a su madre, que Dios bendiga; pero hay otra parte que tal vez sea el resultado del ejemplo. No del hombre que veía el niño, sino del padre visto por el hombre que a su vez es padre. Veo detrás de ustedes, mis tres vástagos, ocho retoños incipientes que ya no son responsabilidad nuestra, pero que también llevarán algo de la parte genética que les aportamos, que también serán resultado de esa formación que nosotros dimos a ustedes. Y sigo viéndome satisfecho.

Desde chamaco me imaginé llegando al año 2000, cumpliendo sesenta años, rodeado de mis hijos y nietos. Dios mediante me será concedido. El Señor ha sido en extremo generoso conmigo, pues me ha permitido trabajar en lo que me ha gustado. Me dio hijos buenos, responsables, sanos y excelentes padres. Me ha concedido tres comidas al día y un techo donde guarecerme. Ha enriquecido mi vida con buenos amigos y me está permitiendo llegar a mi término en compañía de una bella mujer, de noble corazón, bellos sentimientos y que, además, ama a mis hijos y nietos como si fuesen propios. He ahí una muestra más de la Sabiduría de Dios, pues a falta de hijos propios, le dio la posibilidad de dar su amor a los míos. Y me sigo viendo satisfecho.

Dice un dicho que ya es lugar común: “los caminos de Dios son inescrutables”, y es cierto. El Señor, en su infinita bondad, me concedió tres hijos producto del Amor, pero amor entre humanos. Pero también, producto del Amor, pero en este caso de Dios a este hijo insignificante, le concedió otro hijo; me refiero a Leonel, a quien me acercó cuando él era apenas un niño. Al igual que con ustedes, mis hijos de sangre, no pude convivir mucho con él, pero sí se dio entre nosotros ese Amor filial que prevalece ahora, cuando ya es un hombre. Quiera Dios que también por ese lado nos bendiga con nietos, para amarlos tanto como a los demás.

Amados hijos míos, cuando nuestro camino ha rebasado la mitad del trayecto, cuando el horizonte se ve más lejano viendo hacia atrás que hacia el frente, la nostalgia parece envolvernos. Ahora recuerdo con mayor intensidad los hechos de mi infancia y juventud; no añoro aquellos tiempos, pero me traen gratos recuerdos; al escuchar música de entonces, un grato calor me lleva a recordar momentos del pasado y viéndome en el presente, me siento satisfecho, pues entiendo que cada uno de nosotros es el resultado de las experiencias vividas.

Amadísimos nietos y nietas, nunca podré expresarles con palabras, pues nuestro lenguaje no llega a tanto, el inmenso amor que siento por ustedes, es como un rayo de luz intensificado por una lente; en este caso, la lente son sus padres y la luz es el amor. No los veo con la frecuencia que me sería deseable, pero siempre están presentes en mi mente, cada uno de ustedes, aún aquellos a quienes no he podido conocer más que por fotografía. Cada uno de ustedes con su propia personalidad, intensifica esa red de amor que nos ata, que nos liga y hace fuerte a nuestra familia y si hablo por la parte de los Amaya, imagínense la enorme red que conforman las cuatro ramas familiares que a cada uno han formado.

Hijos míos, todos muy amados, cuando finalmente llegue al extremo final de mi camino y mis pasos me lleven de vuelta al Padre, recuerden a este hombre que tuvo mil defectos y escasas virtudes, pero una sola de ellas ha sido la dominante en su vida: el dar amor a los suyos, llámense éstos: padres, hermanos, hijos, nietos y amigos.

Hijitos míos. Mis peques, ahora quiero hablarles de la Amistad, así, con mayúscula. Este es un regalo de Dios a sus hijos, y es de tan gran valor, que no se nos da en grandes cantidades. El Señor nos va poniendo en el camino a diversas gentes, unos vienen, son importantes de una u otra manera en nuestras vidas y así como llegaron, también se van; se esfuman en la niebla del tiempo. Otros, los menos, permanecen en nuestras vidas por tiempos más dilatados, y es en ese granero donde debemos hallar la aguja; la obra no es fácil, requiere entregar nuestra confianza y amistad convencidos de que obtendremos a cambio un Amigo; las más de las veces saldremos desilusionados, pero si uno o tal vez dos de ellos son auténticos, entonces habremos hallado el tesoro que Dios nos tiene reservado: El tesoro de un verdadero Amigo. Debemos aceptarlo tal como es, no pretendamos que sea como nosotros. No olvidemos que él tiene su propia personalidad. Lo importante no está en lo físico, sino en el interior, en la empatía que sintamos en ambas direcciones; a esa persona procuren no perderla nunca; podrán alejarse físicamente, tal vez la comunicación no sea muy frecuente, pero cuando se vuelvan a encontrar, será como si se hubiesen visto ayer.

Bien, hijos amados, pidamos a Dios que el próximo año, cuando cumpla sesenta y estemos casi en el umbral del tercer milenio, podamos reunirnos todos y abrazarnos para estrechar esa gran red de Amor que nos mantiene unidos y nos aglutina con nuestro Padre Universal. Los besa papá y les desea una Navidad que nos lleve a una auténtica conversión y que entendamos el verdadero significado del Misterio de Cristo Jesús y que el Año 2000 nos traiga a todos salud y bienestar en compañía de nuestras familias.

Sergio Amaya Santamaría.
Diciembre de 1999.