miércoles, 2 de julio de 2008

REFLEXIONES

Hijos míos, yo no sé si será por los años que he cumplido, pero ahora, más que nunca, me pongo a pensar en mi vida; cómo la he vivido, lo que he hecho. Lo que he anhelado y lo que he logrado. He vivido intensamente cada día de mi vida, lo he vivido con alegría y estoy seguro de que al llegar la noche me he ido a la cama sabiendo un poco más de algo. Tal vez cosas sin importancia, quizás algunas importantes, pero todas necesarias en mi formación.

Cuando me veo en el espejo cada mañana, encuentro un rostro diferente; tal vez una arruga más, o algunas canas que no había notado; pero también veo un rostro satisfecho, deseoso de iniciar el nuevo día para emprender nuevas batallas. Los veo a ustedes, como secuela de mi actuar, con mis errores, pero también con nuestros aciertos y me sigo viendo satisfecho. Yo sé muy bien que faltó una parte muy importante de mí en su formación, pues no estuvo la presencia física al cien por cien, una gran parte del mérito del ser de ustedes se lo deben a su madre, que Dios bendiga; pero hay otra parte que tal vez sea el resultado del ejemplo. No del hombre que veía el niño, sino del padre visto por el hombre que a su vez es padre. Veo detrás de ustedes, mis tres vástagos, ocho retoños incipientes que ya no son responsabilidad nuestra, pero que también llevarán algo de la parte genética que les aportamos, que también serán resultado de esa formación que nosotros dimos a ustedes. Y sigo viéndome satisfecho.

Desde chamaco me imaginé llegando al año 2000, cumpliendo sesenta años, rodeado de mis hijos y nietos. Dios mediante me será concedido. El Señor ha sido en extremo generoso conmigo, pues me ha permitido trabajar en lo que me ha gustado. Me dio hijos buenos, responsables, sanos y excelentes padres. Me ha concedido tres comidas al día y un techo donde guarecerme. Ha enriquecido mi vida con buenos amigos y me está permitiendo llegar a mi término en compañía de una bella mujer, de noble corazón, bellos sentimientos y que, además, ama a mis hijos y nietos como si fuesen propios. He ahí una muestra más de la Sabiduría de Dios, pues a falta de hijos propios, le dio la posibilidad de dar su amor a los míos. Y me sigo viendo satisfecho.

Dice un dicho que ya es lugar común: “los caminos de Dios son inescrutables”, y es cierto. El Señor, en su infinita bondad, me concedió tres hijos producto del Amor, pero amor entre humanos. Pero también, producto del Amor, pero en este caso de Dios a este hijo insignificante, le concedió otro hijo; me refiero a Leonel, a quien me acercó cuando él era apenas un niño. Al igual que con ustedes, mis hijos de sangre, no pude convivir mucho con él, pero sí se dio entre nosotros ese Amor filial que prevalece ahora, cuando ya es un hombre. Quiera Dios que también por ese lado nos bendiga con nietos, para amarlos tanto como a los demás.

Amados hijos míos, cuando nuestro camino ha rebasado la mitad del trayecto, cuando el horizonte se ve más lejano viendo hacia atrás que hacia el frente, la nostalgia parece envolvernos. Ahora recuerdo con mayor intensidad los hechos de mi infancia y juventud; no añoro aquellos tiempos, pero me traen gratos recuerdos; al escuchar música de entonces, un grato calor me lleva a recordar momentos del pasado y viéndome en el presente, me siento satisfecho, pues entiendo que cada uno de nosotros es el resultado de las experiencias vividas.

Amadísimos nietos y nietas, nunca podré expresarles con palabras, pues nuestro lenguaje no llega a tanto, el inmenso amor que siento por ustedes, es como un rayo de luz intensificado por una lente; en este caso, la lente son sus padres y la luz es el amor. No los veo con la frecuencia que me sería deseable, pero siempre están presentes en mi mente, cada uno de ustedes, aún aquellos a quienes no he podido conocer más que por fotografía. Cada uno de ustedes con su propia personalidad, intensifica esa red de amor que nos ata, que nos liga y hace fuerte a nuestra familia y si hablo por la parte de los Amaya, imagínense la enorme red que conforman las cuatro ramas familiares que a cada uno han formado.

Hijos míos, todos muy amados, cuando finalmente llegue al extremo final de mi camino y mis pasos me lleven de vuelta al Padre, recuerden a este hombre que tuvo mil defectos y escasas virtudes, pero una sola de ellas ha sido la dominante en su vida: el dar amor a los suyos, llámense éstos: padres, hermanos, hijos, nietos y amigos.

Hijitos míos. Mis peques, ahora quiero hablarles de la Amistad, así, con mayúscula. Este es un regalo de Dios a sus hijos, y es de tan gran valor, que no se nos da en grandes cantidades. El Señor nos va poniendo en el camino a diversas gentes, unos vienen, son importantes de una u otra manera en nuestras vidas y así como llegaron, también se van; se esfuman en la niebla del tiempo. Otros, los menos, permanecen en nuestras vidas por tiempos más dilatados, y es en ese granero donde debemos hallar la aguja; la obra no es fácil, requiere entregar nuestra confianza y amistad convencidos de que obtendremos a cambio un Amigo; las más de las veces saldremos desilusionados, pero si uno o tal vez dos de ellos son auténticos, entonces habremos hallado el tesoro que Dios nos tiene reservado: El tesoro de un verdadero Amigo. Debemos aceptarlo tal como es, no pretendamos que sea como nosotros. No olvidemos que él tiene su propia personalidad. Lo importante no está en lo físico, sino en el interior, en la empatía que sintamos en ambas direcciones; a esa persona procuren no perderla nunca; podrán alejarse físicamente, tal vez la comunicación no sea muy frecuente, pero cuando se vuelvan a encontrar, será como si se hubiesen visto ayer.

Bien, hijos amados, pidamos a Dios que el próximo año, cuando cumpla sesenta y estemos casi en el umbral del tercer milenio, podamos reunirnos todos y abrazarnos para estrechar esa gran red de Amor que nos mantiene unidos y nos aglutina con nuestro Padre Universal. Los besa papá y les desea una Navidad que nos lleve a una auténtica conversión y que entendamos el verdadero significado del Misterio de Cristo Jesús y que el Año 2000 nos traiga a todos salud y bienestar en compañía de nuestras familias.

Sergio Amaya Santamaría.
Diciembre de 1999.

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