viernes, 24 de agosto de 2007

ANHELO






¡Cómo pasó tanto tiempo, sin darme cuenta cabal!,
mis hijos se hicieron hombres, mis nietos jóvenes son,
yo queriendo estar con ellos, la vida no me lo da.
Siempre han estado cerca, dentro de mi corazón,
pero yo quiero abrazarlos para sentir su calor.


Ahora que pasó el tiempo y viejo me siento ya,
Anhelo mas su presencia y pido su protección.
Me siento fuerte, es cierto y lúcido como el que mas,
Solo espero un trabajo donde ganarme mi pan,
Tener muy cerca a mis hijos y en sus hombros reposar
Esta cabeza con canas que no deja de pensar.

¿Qué la vida ha sido injusta?, no, tal vez me he portado mal
No pudo haber sido injusta si con creces me pagó:
Tengo hijos, tengo nietos, ¿qué mas le puedo pedir?
Bueno, sí, algo le debo pedir: que me conceda unos años
Para a su lado vivir.

Sergio Amaya S.
Mayo 26/2006
Celaya, Gto.

miércoles, 22 de agosto de 2007

EL BALCON Y LA ROSA

Safe Creative #1102088451671

Un balcón de fuerte reja
En la casa señorial,
En aquella vieja finca
De muy antiguo historial.

Marco de hermosa cantera,
Ventana de fino cristal,
Sentada, siempre a la espera,
Una joven celestial.

Junto a la chica una rosa
De aroma muy especial
Y su corazón rebosa
De amor, como manantial.

Está esperando a su mozo,
Bien sabe que no vendrá,
El joven murió gozoso,
Murió por la libertad.

Ya han pasado los años,
La rosa marchita está,
La joven es un recuerdo
Cubierto de negros paños

Sergio Amaya S.
Julio 05/2007
Acapulco

RECUERDOS DEL INTERNADO

Allá por el rumbo de la Presa de la Olla, frente al Jardín de Embajadoras, se encuentra el Internado Ignacio Ramírez, de patio grande y cuadrado donde igual rendíamos honores a la Bandera, que nos dejaban de “plantón”, a pleno rayo de sol, como medida disciplinaria.
Era el año de 1946, estaba terminando el sexenio del último Presidente militar, Don Manuel Ávila Camacho. Recién habíamos estrenado literas de recia madera y todavía eran buenos tiempos para los llamados Internados de Hijos del Ejército. Eran memorables los días de asueto en que los Profesores nos llevaban a un paseo denominado “Los Chorros”, como tantos otros cauces, hoy desaparecido.

Recuerdo, como si fuera hoy, las aguas frescas, limpias, transparentes, que nos permitían ver los guijarros del fondo y uno que otro pececillo; el nombre le venía de una caída de agua no muy alta, pero de buen caudal. En ese hermoso arroyo dábamos salida a nuestra energía infantil y rienda suelta a nuestra imaginación de aventureros.

Por nuestra formación castrense, los chamacos estábamos familiarizados con los distintos toques de corneta y clarín y recuerdo claramente, durante aquellos paseos, a la tropa de chamacos corriendo en el monte pelón, hacia el arroyo de Los Chorros, al sonoro llamado de “ataque” del clarín de órdenes.

Quizás porque de alguna manera los niños nos enterábamos de la guerra, librándose en ese tiempo en el Pacífico e inducidos por la disciplina militar que recibíamos en el Internado, los chamacos soñábamos con heroicas aventuras en tierras lejanas, en aviones veloces, barcos surcando el mar y submarinos viajando en las obscuras profundidades del océano. Poco tiempo antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, México le había declarado la guerra al Eje Berlín-Roma-Tokio, tal vez por ello, los niños nos comportábamos como auténticos soldados.

Tres veces por semana hacíamos instrucción militar en el Jardín de Embajadoras y otras tres nos tocaba barrer el internado con escobas hechas de ramas recogidas en el monte.

Vestidos al modo militar, de color verde oliva, gorra cuartelera, camisola, pantalón y botas militares, los chamacos nos sentíamos orgullosos de portar el uniforme.

La rutina diaria no cambiaba: a las seis de la mañana, toque de Diana y todos arriba, cada uno a hacer su cama, alinearse al pie de la cama para que la responsable del dormitorio comprobase la buena factura del tendido, haciendo rebotar una moneda sobre el cobertor. Si la moneda no botaba, destendía la cama y el responsable la hacía nuevamente, con mayor cuidado. Una vez todos listos, a las regaderas, no recuerdo el agua caliente en esos tiempos, pero la debe haber habido, pues el frío en Guanajuato suele ser intenso.

Después del baño, a la faena diaria, ya fuese a la instrucción militar, o a la limpieza de la escuela. A las ocho de la mañana, el esperado toque de “Rancho”, para dirigirnos al comedor, con sus gratos aromas de atole de avena, huevos y frijoles, bolillo caliente, recién hecho. El comportamiento en el Comedor, como en toda la escuela, era cuidado por alguien, en este caso, un Jefe de Mesa, un joven mayor que nosotros y 15 ó 20 niños sentados a una larga mesa; el servicio era dado por nosotros mismos, alternándonos regularmente, desde luego que exceptuaban a los mas pequeños.

A las nueve de la mañana, toque de “Reunión”, todos a formarse al patio para, posteriormente, pasar de forma ordenada a los salones de clases. Permanecíamos en clases hasta la una de la tarde, entonces sonaba una campana y salíamos al patio, a jugar algunos, a hacer tareas otros, esperando el nuevo toque de “Rancho” para pasar al comedor.

A las cuatro de la tarde nuevamente a clases, hasta las seis, en que quedábamos libres para hacer lo que quisiéramos, que no era mucho. A las ocho de la noche nuevamente el toque de “Rancho” para pasar al comedor a la cena. Después podíamos jugar o platicar, tal vez estudiar algo y luego a los dormitorios, pues a las diez de la noche nos arrullaba el nostálgico toque de “Silencio”, las luces se apagaban y los cuerpos dormían, en espera de un nuevo día.

Vienen a mi mente
Recuerdos de mi infancia,
Llegan simplemente,
Llenos de nostalgia.

El viejo Internado,
Toques de clarín,
Arroyo encantado,
Delicias sin fin.

Bello Guanajuato,
Cuan feliz yo fui,
Vuelvo ya a Irapuato
De donde salí.

Pasaron los años y lejos me fui
Y el viejo arroyo dejó de fluir,
Pero el Internado aún sigue ahí,
Con risas y olores que quiero sentir.

Viejos muros revestidos de risas, de llantos, cantos y cuentos de infantes ya idos. Y miro hacia adentro, el patio vacío, poblado de recuerdos, de toques de corneta y niños corriendo, de niños-soldados queriendo ser hombres y hombres llorando, queriendo ser niños.

Un día volveré y me animaré a entrar, a terminar de recoger mis recuerdos, que estarán tirados por todos los rincones. Espantaré a los fantasmas que me asustaron de niño y me quedaré muy quieto, al centro del patio, como si fuera un castigo por tantos años de olvido.
Sergio Amaya S.
Agosto de 2007
Acapulco, Gro.